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Sigo desde hace tres décadas el conflicto entre Israel y Palestina, y he visitado la región, largamente, en tres ocasiones, lo que me permite, para empezar, recomendarles algo de bibliografía sobre el tema: Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz; Oh, Jerusalén, de Dominique Lapierre y Larry Collins, y los lúcidos ensayos del palestino Edward Said: Crónicas palestinas y Orientalismo. De ahí surge mi propio libro, Océanos de arena, sobre Oriente Medio.
Menciono esto para indicar que conozco el conflicto y sé muy bien que no empezó el sábado pasado, con el brutal ataque de Hamás a Israel y la posterior y no menos brutal respuesta israelí contra la Franja de Gaza. Es la historia que se repite y deja como víctimas, siempre, a los civiles, lo que perpetúa e intensifica la turbina central del problema: el odio entre comunidades. Pero no hay que perder de vista algo esencial y es que ni Hamás representa a todos los palestinos ni el Gobierno de Netanyahu, a todos los israelíes. Ellos son los extremos más radicales y violentos. Para los extremistas palestinos, todos los israelíes son soldados, lo que quiere decir que todos son objetivo militar, y para los extremistas israelíes, todos los palestinos son terroristas o auxiliadores del terrorismo. El problema es que hoy la crisis está en manos de ellos y por eso el diálogo parece imposible. Y algo más, de orden interpretativo: para Israel, “paz” significa que los palestinos permanezcan dóciles en sus territorios, confinados, bajo la mirada del ejército israelí, sin protestar, en un humillante escenario de ocupación por la fuerza contrario a la dignidad humana y que ninguna comunidad del mundo aceptaría. Los palestinos, con todo derecho, no quieren esa paz.
Hay otro aspecto fundamental y es la lucha por el lenguaje. ¿Quién es la víctima y quién el terrorista? El hecho de que Hamás sea considerado terrorista por muchas democracias le da ventaja a Israel, quien, además, por el Holocausto, considera que la condición de víctima es propiedad absoluta e indiscutible de la nación judía, en cualquier circunstancia. Del lado palestino la argumentación es otra: si para matar a un jefe de Hamás el ejército israelí debe lanzar un misil contra una cafetería en Gaza, a las 11 de la mañana, no se lo piensan dos veces. Lo ven como una “operación militar exitosa” y los muertos civiles son daño colateral. Pero para los palestinos es terrorismo, aunque en Occidente no lo llamen así.
Esta vez la cifra de muertos israelíes es aterradora. Tal vez la más grande desde que sigo el conflicto. Los muertos palestinos, que siempre son más por la superior capacidad de fuego de Israel, serán ya varios miles, pero es innegable que Occidente dramatiza menos cuando los muertos son musulmanes. Ah, los fantasmas de Isaac Rabin y Yasser Arafat, que abrieron el camino de la paz, deben estar en lágrimas al ver que sus enemigos extremistas, de ambos lados, dirigen la suerte de sus pueblos. Arafat, aparentemente, murió de enfermedad, pero Rabin fue asesinado por un extremista judío que, hoy, desde su cárcel, aplaudirá la destrucción de Gaza y le gritará vivas a Netanyahu, que habrá logrado con esto que él llama guerra, consecuencia del absurdo salvajismo de Hamás, unificar al país en torno a él.
