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Hacer trilogías

Santiago Gamboa

30 de octubre de 2021 - 12:30 a. m.

Ahora que publico una novela que proviene de mi libro anterior, del cual recupero personajes y un ambiente de historia policial, me he sorprendido a mí mismo diciendo por ahí, en las entrevistas promocionales, que esto se debe a que tengo el proyecto de hacer una trilogía sobre la vida privada en la Colombia posterior al proceso de paz, al que ya pertenecen Será larga la noche y Colombian Psycho. Y por decirlo tanto he acabado creyéndolo. ¿Por qué lo dije la primera vez? Tal vez me sentí valiente y con fuerzas. O tal vez, al ver los dos libros, me dejé llevar por una extraña lógica literaria, que es lo que intentaré comprender acá.

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¿Por qué se hacen trilogías, cuartetos o quintetos en literatura? Supongo que la primera respuesta se debe a que el autor, al crear unos personajes y ponerlos a funcionar en un contexto específico, descubre que estos tienen mucha vida y quiere verlos en espacios nuevos. Como esos directores de cine que por algún motivo usan siempre, en cada película, al mismo grupo de actores. Es el caso de Scorsese, de Cassavetes, de Tarantino, entre muchos otros. ¿Por qué lo hacen? Para mí la respuesta es obvia: el director ya sabe que trabajan bien y que con ellos puede decir las cosas que quiere decir, pues lo comprenden y escenifican a la perfección. Son ellos y no otros quienes encarnan sus versiones del mundo; son Uma Thurman y Samuel L. Jackson en Tarantino, o De Niro y Ray Liotta en Scorsese, o Peter Falk y Gena Rowlands en Cassavetes. Hay más, es un ejemplo. Recuerdo haber pensado: ¿y cómo se puede hacer esto en literatura? Equivale a recuperar personajes, un modo de recrear un espacio conocido para la imaginación del lector. Balzac repite a Rastignac y a Lucien de Rubempré en varias novelas, y a uno le agrada reencontrarlos y, sobre todo, reconocerlos. Uno de los placeres de la lectura es ese: el reconocimiento. Descubrir un territorio común con lo que se lee. En la novela negra, claro, es un clásico repetir protagonista: Philip Marlowe en las novelas de Raymond Chandler, Sam Spade en las de Dashiell Hammett, Mario Conde en las de Padura o Wallander en las de Henning Mankell, mis preferidos. Son los precursores de las series de hoy. El reto es que esos personajes se conviertan en verdaderos seres humanos.

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Pero aún no he contestado a mi propia pregunta: ¿por qué una trilogía? Entre los libros múltiples, por llamarlos de algún modo, mis preferidos son el quinteto de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith; El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell; La trilogía de Nueva York, de Paul Auster, y la Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez. No hay que olvidar, dentro del género múltiple, al más grande: En busca del tiempo perdido, Proust, con siete volúmenes. Pero pensando en la trilogía, se entiende que el tres sea una cifra poderosa: El jardín de las delicias, de Bosch, es un tríptico, y al medir el tiempo tenemos tres momentos rectores: pasado, presente y futuro. Para los religiosos el tres es el camino de la perfección: caída, reconocimiento de la gracia, salvación. Hay un movimiento triple que sirve tanto en la cronología de los grandes imperios como en el amor: surgimiento, auge, caída. ¿Será por eso? El tres, de algún modo, es el desequilibrio que nos permite seguir adelante.

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