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Hoteles, poetas

Santiago Gamboa

09 de julio de 2022 - 12:30 a. m.

“Lee muchos libros y lárgate de tu casa”, es el consejo que le da el escritor viajero Paul Theroux a un joven estudiante. La vida está en otra parte, confirma Kundera desde uno de sus títulos. Corre, ve por ella. No te quedes. Abandona tu ciudad, piérdete en el ancho mundo, desclásate ya y para siempre. Irse es volver a nacer y es uno de los modos de ser artista.

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No el único, claro.

Hay una gran división y el arte recibe a todo el mundo “sin ceremonias ni ritos de iniciación”. Por eso están de un lado los artistas que se van, los del “largo adiós”, y del otro los que se quedan. Lezama Lima vivió siempre en la misma casa de la calle Trocadero, en La Habana, en la que murió. Y escribió sobre su casa/mundo, su casa/océano, su casa/vértigo. Orhan Pamuk sigue viviendo aún en su casa natal, en Estambul. Emilio Salgari nunca viajó más allá de sus libros y su único escape fue el suicidio. Verne, ¿fue un gran viajero? Los escritores, como los revolucionarios, se dividen entre los que se quedan y los que se van. Los che guevara versus los fidel. Los trotsky versus los stalin. ¿Qué hay más allá? ¿Qué cosas se dicen del otro lado del río? “Hasta la vista, amigo”. Me siento y veo pasar el mundo desde mi terraza, desde el porche o mi ventana. La vida es lenta, como el arte. Y para escribir se necesita un buen lugar. Un lugar en el mundo. Una habitación propia.

“¿Qué habitación prefiere, la 301 o la 411?”.

Hemos llegado al hotel. Al primer hotel, que es el lugar donde puedo ausentarme por tiempo indefinido, incluso de mi propia vida. ¿Qué ciudad hay detrás del muro? Una urbe desconocida que espera por mí. Pero no es verdad: nadie me espera ni sabe de mí. Esa es la asombrosa libertad. Me siento en el balcón, la miro un rato. Pronto seré otro. Esa nueva ciudad hará de mí alguien diferente, me bautizará y definirá un destino. Je est un autre. ¿Cómo se amará? ¿Cómo se trabajará y se morirá en ella?

El joven poeta está ansioso. La pensión, el hostal rico en pulgas y sudores, la posada del Quijote. Ese joven acaba de abandonar el hogar, pues lo único que quiere es cerrar la puerta y estar solo. El albergue más humilde es suficiente. Ese joven, por cierto, puede llamarse Arthur Rimbaud y estar llegando por primera vez a París, viajando de polizón en un tren. Necesita con urgencia un lugar en el mundo para sus sueños adolescentes y el equilibrio poético, la secreta razón del tiempo y de la vida. Ese primer espacio de escritura no es anónimo. Es pobre y hermoso. Con cuánto amor está estirada la sábana, no se ven rasgones ni manchas. El joven siente que ese lugar es suyo.

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Los hoteles son las casas del viajero. Y ese viajero es un artista adolescente que huye de algo o busca al padre o va detrás de una idea imprecisa, y para ello debe construir con palabras el envoltorio propicio de su alma. Un búnker o una cueva de Alí Babá, pero hecha de palabras. Rimbaud fue el gran poeta de la fuga, quien convirtió el irse en una obra de arte. Todo lo abandonó y fue aplazando su regreso yendo cada vez un poco más lejos, al principio hacia Oriente, como el Lord Jim de Conrad, y luego, definitivamente, hacia África. El hotel es de los fugitivos, de los prófugos. De los poetas y artistas que no tienen otro lugar en el mundo.

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