Paso unos días en Francia, sobre todo en París, y veo en las esquinas las montañas de bolsas de basura, a veces tapando la ventana de un primer piso o hasta la luz verde de un semáforo de esquina, y de un modo u otro me veo inmerso en las limitaciones que la huelga impone a la gente: olores amargos o ácidos, incomodidad, andenes bloqueados. Y los días de manifestación, ni se diga. Comercio cerrado y acantonado, con paneles de madera para proteger las vitrinas de los “casseurs” (rompedores) que vienen a aprovecharse del desorden, y por supuesto los servicios públicos y transportes paralizados. La gente que no hace huelga va a pie o...
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