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Huelgas

Santiago Gamboa

31 de marzo de 2023 - 09:05 p. m.

Paso unos días en Francia, sobre todo en París, y veo en las esquinas las montañas de bolsas de basura, a veces tapando la ventana de un primer piso o hasta la luz verde de un semáforo de esquina, y de un modo u otro me veo inmerso en las limitaciones que la huelga impone a la gente: olores amargos o ácidos, incomodidad, andenes bloqueados. Y los días de manifestación, ni se diga. Comercio cerrado y acantonado, con paneles de madera para proteger las vitrinas de los “casseurs” (rompedores) que vienen a aprovecharse del desorden, y por supuesto los servicios públicos y transportes paralizados. La gente que no hace huelga va a pie o en sus carros al trabajo, lo que además provoca infernales trancones. Cosas ya vistas muchas veces, incluso en Colombia. Pero hay algo distinto. La actitud de la mayoría de los ciudadanos es de aceptación, de limitada calamidad. Es incómodo, sí. Es injusto para muchos, sí. Se quejan del olor y del desorden, sí. Pero una huelga es una huelga. Es un derecho constitucional y los ciudadanos, grosso modo, lo respetan. La idea es muy sencilla: no se puede hacer una huelga sin que se note, sin que incomode. Una huelga que no incomoda deja de ser un mecanismo de presión social.

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Es verdad que, en este caso, el litigio es por algo que toca a todos los ciudadanos franceses: la edad de jubilación, que el presidente Macron quiere pasar de 62 a 64 años. Todo el mundo envejece y se jubila, lo que quiere decir que lo que se logre operará sobre la vida de todos. Es diferente a una huelga de ferroviarios o de taxistas. Incluso los jóvenes, para los cuales la jubilación se sitúa en un lejanísimo futuro, están en pie de lucha y apoyan las reivindicaciones sociales. Así la actitud general se mueve entre el respeto y el apoyo, incluso por parte de quienes no están de acuerdo con la protesta, pero la consideran un derecho. Esto me parece fundamental. Una gran lección para Colombia, donde un huelguista es visto en la práctica como un delincuente y donde el discurso promedio lleva a la gente a decir frases del tipo: “¿Y no pueden hacer su huelga en un sitio donde no molesten?”. Las protestas en Colombia suelen ser también muy violentas. El discurso oficial acusa a los manifestantes de ser poco menos que del Eln y en cambio tiende a ocultar o minimizar los excesos de la policía. Y este discurso cala en la población, pues más allá de las intenciones políticas, la realidad es que en Colombia la huelga es percibida como una sinvergüencería y una actividad criminal. Lo curioso es que quienes denigran de las huelgas al mismo tiempo se autoproclaman demócratas. Es frecuente oírles a los senadores más conservadores esta diatriba, desconociendo que el derecho a la huelga es inherente a la democracia, y por eso estar en contra de ella es contradecir el mismo sistema que les da una curul en el Senado, la posibilidad de enriquecerse con contratos del Estado, tener mil privilegios, poder en sus regiones y estupendos sueldos. Pero no, ellos no se dan cuenta. Ni siquiera se plantean que una cosa pueda estar relacionada con la otra. Una prueba más de cómo el pensamiento reaccionario en Colombia es una explosiva mezcla de ignorancia, egoísmo y sobre todo desprecio por la civilización de la que se dicen defensores.

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