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Italianas, Berlusconi

Santiago Gamboa

11 de febrero de 2011 - 10:00 p. m.

LAS REVELACIONES DE LA PRENSA italiana sobre las fiestas de Berlusconi, las curiosas performances que en ellas se realizaban y, sobre todo, el florilegio de mujeres que acudían, todas con el sobreentendido de la disponibilidad sexual para el Supremo y, de no ser las elegidas, con alguno de los invitados, han puesto el dedo en la llaga. ¿Quiénes son estas hermosas damas? No vienen de mundos socialmente golpeados.

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No son hijas de la necesidad, la injusticia o la falta de oportunidades. Todo lo contrario. La mayoría provienen de las clases media y media alta y hoy, tras su pasantía por el lecho del emperador Cayo Silvio, gozan de excelentes posiciones, tanto en la política como en la televisión. Nicole Minetti, la higienista dental que mencioné en la columna pasada, es hoy consejera regional en el partido de Berlusconi. Fue ella la que le dijo a Barbara Faggioli, otra afortunada Miss Italia, la siguiente frase: “A él (Silvio) le conviene ponernos a ti y a mí en el Parlamento. Así nuestro sueldo lo paga el Estado”. Ellas no iban a esas fiestas porque tuvieran padres desempleados o hijos con costosos tratamientos médicos. No. Iban porque les gustan las joyas y los carros de marca y el poder y adoran aparecer en las revistas sociales.

Las italianas, claro, protestaron. Y anunciaron que lo seguirán haciendo a nivel nacional, con pancartas que dicen: “Italia no es un burdel”. Sintieron que debían poner las cosas en su sitio, denunciar la cultura de la belleza y el dinero fácil, y gritar: “¡No todas somos así!”. No es un secreto que con los valores que prevalecen hoy, cada vez más féminas agraciadas prefieren dejarse de estudios y zarandajas y optar por la vía rápida al cielo del dinero y los puestos, administrando su belleza con criterio gerencial. Gestión basada en resultados. Esto no es exclusivo de Italia y por supuesto no sólo se da en la política o la televisión. También en las empresas, en el medio universitario, en la burocracia estatal. Incluso en el mundo de la cultura hay un porcentaje de bellas cuyos proyectos están más ligados a amoríos que a méritos. Como les pasa a los países petroleros, su gran tesoro no es producto del esfuerzo ni del trabajo, sino un don de la naturaleza. Un don que se gasta con el uso y un día se acaba, pero para entonces ya habrán acumulado lo suficiente y estarán protegidas bajo formas socialmente aceptadas. Y si alguien recuerda que capitalizaron sus estilizados cuerpos, levantarán la nariz ofendidas y lanzarán estruendosas cachetadas. Porque el último acto de su proyecto gerencial, después del dinero y las joyas, es la respetabilidad.

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Cuando llegué a vivir a París, al inicio de los años 90, conocí e hice amistad con algunas prostitutas de calle y más de una vez fui literalmente salvado por ellas. Por eso cuando las veo, sabiendo las historias que cargan detrás, siento afecto e incluso admiración por su enorme valor. Pero las otras, las putas de la respetabilidad, con sus narices respingadas y sus costosísimos traseros y pechos enjoyados, esas me repugnan. Y es también contra ellas, no sólo contra Berlusconi, que hoy la mayoría de las mujeres italianas se manifiesta.

 

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