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La cárcel de Bukele

Santiago Gamboa

17 de marzo de 2023 - 09:05 p. m.

El joven presidente salvadoreño está logrando algo inimaginable para cualquiera de sus predecesores, y es hacerse famoso en todo el mundo. Famoso por su cárcel, que conocemos a través de los cinematográficos videos con los que la muestra y publicita, caso curioso de “realidad imitando a Netflix”. Una cárcel que es como la catedral primada de su doctrina política, que consiste en mano dura y frontal contra la delincuencia, ya que la realidad, en ese pequeño país, andaba muy sublevada. La violencia de las maras lo tenía de rodillas. De ahí que su contragolpe estatal tenga tanto apoyo: según sondeos, la mayoría de los salvadoreños estaría feliz y apoyando a su presidente. Pero es extraño. Si hay algo interesante, en mi opinión, es que pone de nuevo sobre la mesa el viejo debate de las cárceles. ¿Qué es y para qué sirve una cárcel? ¿Son centros de castigo, de venganza, son lugares para reeducar, son reformatorios, son cementerios para vivos que perdieron el derecho a la vida?

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La cárcel de Bukele parece una síntesis de muchas otras: de la isla del Diablo de la que se escapó Papillon, en Guyana Francesa; de la isla de If de la que se escapó el conde de Montecristo, en Marsella; de la cárcel de Guantánamo de la que nadie se ha escapado, en Cuba. Según explicó en un video el ministro de Defensa, el alimento para los presos es sólo arroz y fríjol, pero el mismo Bukele dijo que si las maras lanzaban un nuevo ataque se cancelarían las comidas en la cárcel. Es lo que hacía Idi Amin en Uganda y se conoció como “dieta negra”, que consistía en no darle al preso comida ni agua hasta que muriera. El principio de Bukele es que el Estado debe no sólo castigar y reprimir, sino también vengarse. Que lo pasen mal, que sufran. Que les duela. Él dice proteger así los derechos humanos de los salvadoreños de bien. El problema es que las madres y los hijos de estos asesinos también son salvadoreños de bien, ¿qué hacer con ellos? ¿Y qué hay de los jóvenes reclutados a la fuerza por las maras? ¿Son todos iguales ahí dentro, en esa especie de granja avícola para seres humanos? Bukele rechaza las críticas con un argumento fácil y adolescente: si uno desaprueba que un Estado democrático trate así a un ciudadano es porque es cómplice.

Pero es tal la indefensión y la fragilidad que la gente aplaude. No sólo en El Salvador, también aquí en Colombia. Por su debate con Petro, quien prefiere construir universidades y colegios en vez de cárceles, la ultraderecha nacional anda soliviantada. Bukele ya tiene club de fans y una de sus presidentas, cómo no, es la senadora Cabal —y esa curiosa excrecencia suya llamada Polo Polo—, quien quiere no una sino 10 cárceles de esas en el país. Pero no para los corruptos del Estado ni los paramilitares, a los que nunca condena, sino para exguerrilleros, manifestantes y huelguistas. Es decir, para pobres, negros e indígenas, siguiendo los cánones de su racismo y clasismo vallecaucano.

Comprendo que en El Salvador la gente desesperada aplauda a Bukele, pero no lo comparto. No me gustaría pertenecer a una sociedad que trata así a los asesinos, por malvados que hayan sido. ¿No se supone que somos diferentes a ellos? Si el Estado es igual de despiadado y torturador, entonces, ¿dónde está la diferencia?

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