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25 Jun 2022 - 5:30 a. m.

La historia me absolverá

Tras la victoria de Gustavo Petro, la cual celebré con un delicioso viche del Pacífico, algo en mi subconsciente continuó agitado y sin duda por eso tuve el más extraño y exótico de los sueños. En él, el ingeniero Rodolfo ganaba las elecciones con un 95 % del escrutinio y el restante 5 % era en blanco. Menos un voto, sólo uno: mi voto. Entonces los servicios secretos del nuevo régimen anunciaron en Semana y RCN la inmediata búsqueda y captura de esa única persona que había votado por Petro (pues, al parecer, en mi sueño, ni siquiera Petro había votado por Petro, lo que podría indicar fraude). Me sentí heroico, valiente, y me las prometí muy felices, hasta que en el noticiero televisado las autoridades mostraron dentro de un plástico la peligrosa papeleta con la X en la cara de Petro y Francia, y anunciaron que gracias a las pruebas dactilográficas muy pronto los equipos técnicos de la Fiscalía informarían a los colombianos el nombre de esa persona que votó por el exguerrillero, del que, por supuesto, la justicia se encargaría. Al ver ese hallazgo tuve un ataque de pánico y empecé a escribir un texto titulado La historia también me absolverá. Pero un poco más tarde, ya en la noche y sin esperar a nadie, oí sonar el timbre. “Vienen por mí”. Salí por la ventana del baño y me refugié en el techo. Ahí estuve un tiempo infinito hasta que alguien desde un edificio cercano reparó en mi presencia. Horrorizado lo vi sacar el celular y marcar unos números, así que, sin pensarlo dos veces, salté a la calle y eché a correr. Al saltar olvidé que peso 106 kilos (a pesar del ayuno intermitente) y que tengo 56 años, así que mis rodillas traquearon. Pero hubo suerte y pude seguir. ¿Dónde encontrar refugio? Pasé varios días escondido en los cerros, huyendo por las cañadas, hasta que bajé a un barrio de casas en el norte de Bogotá. En una de ellas había un asado. El agradable olor me recordó que no comía hacía tres días, así que me acerqué al muro del jardín, salté y vi delante de la parrilla a una persona, aparentemente sola. Una larga coleta caía por su espalda. Era el poeta William Ospina. Desfallecido, al borde del desmayo, lo saludé. “Así que fuiste tú”, me dijo con una sonrisa. Y agregó: “No te preocupes, yo arreglo esto en un santiamén”. Sacó su celular y habló con alguien. Luego me miró y dijo: “Ya está resuelto. El ingeniero no sólo te perdona, sino que te ofrece el nuevo Ministerio de Sueños Enloquecidos y Pesadillas”. Me alcé de hombros y dije que no, que gracias. Propuse a cambio hacer una autocrítica en público o por Zoom. William volvió a su teléfono y luego me dijo: “Eso no va a ser necesario, ¿y no te interesaría el nuevo Ministerio de los Secretos y las Virtudes Teologales?”. Casi me echo a llorar de los nervios, pero William me sirvió un plato de carne asada y volvió a su celular. Luego me dijo: “Mira, ya está todo bien. Se va a borrar de tu expediente lo del voto y algunas otras cosas, pero a cambio tienes que hacerte cargo de la selección Colombia”. Acepté y me entregó una chompa de la FCF y luego, con una cerveza, me preguntó una posible alineación. Dije que James podría ser el nuevo portero y Cuadrado su suplente. “Perfecto”, dijo William, “eso le va a encantar al ingeniero”. Dicho esto me desperté.

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