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Las conveniencias

Santiago Gamboa

30 de abril de 2021 - 10:00 p. m.

En estos días de apocalipsis, con el país sumido en una de las épocas más sombrías de su historia por la “tormenta perfecta” que resulta del COVID-19, la catástrofe universal, más un Gobierno débil y agresivo con la sociedad, en fin, en esta coyuntura la guerra de las palabras acaba por ser uno de los principales campos de batalla. ¿Qué cosas digo y cómo las digo? Porque en política, el enunciado a veces es la idea misma. La forma se confunde con el fondo.

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Las marchas de este miércoles son el ejemplo perfecto. El Gobierno, desde su terraplén defensivo, tiene a sus alfiles repitiendo sin parar que “es el peor momento para hacer una marcha de protesta por la tercera ola del COVID-19”. Pero del otro lado responden: “También es el peor momento para hacer una reforma tributaria”. Lo curioso es que ambos tienen razón. Pero si se escucha más atentamente se ve con claridad la estrategia. La del Gobierno es obvia: de un lado, clamar por el riesgo sanitario y, del otro, sacar provecho del vandalismo. Porque los encapuchados son lo mejor que les puede pasar. Entre más vidrios rompan y más saqueen y más buses quemen, más fuerza tendrá el argumento defensivo del Gobierno, que quiere transformar en vándalo a todo el que esté contra su reforma.

A los uribistas más torpes, que por lo general son los menos educados, esto se les nota muchísimo y casi no pueden ocultar la conveniencia que ven en los disturbios. El senador Ernesto Macías, que en términos de coeficiente intelectual es uno de los más castigados, dijo que se les debía pedir responsabilidades a los senadores que habían “instigado el vandalismo”, frase con la que muestra el mapa de ataque uribista. Como su cerebro ha sido poco irrigado por la educación o la cultura, no logra disimular y deja ver cartas que deberían estar tapadas. El sub Duque lo hace algo mejor, pues dice: “Lo que vimos es vandalismo criminal”, sin acusar a ningún rival específico y más bien sugiriendo, dejando la incógnita, creando la duda, una sutileza que por supuesto no está al alcance del testuz del pluricondecorado Macías. Y Uribe, ni se diga. Si hay algo admirable en él es el modo en que usa el lenguaje para adulterar la realidad. Él dijo: “Hay que sacar al ejército a las calles para combatir el terrorismo”. Y ahí está. Volvemos al terrorismo, esa palabra mágica que todo lo justifica porque nos devuelve al miedo y a la sociedad amedrentada, ese ecosistema de humaredas en el que Uribe se mueve como pez en el agua.

Porque si algo sabe hacer Uribe es presentarse como el salvador de los problemas que él mismo le ha creado al país. ¿No hizo un acuerdo de paz con el paramilitarismo que él auspició? ¿No pretende ser hoy contradictor de las reformas de un Gobierno que él mismo eligió? Por eso los jugos gástricos del uribismo se disparan ante los disturbios, que son el agua de mayo de su imaginario político, hoy sin argumentos creíbles para el 2022 y que se hunde cual canoa perforada; pero Uribe sabe que si logra estirar el conflicto que emerge de estas derivas violentas e incluso si logra agravarlo un poco para asustar más al elector, podrá usarlo como eslogan presidencial. Sólo deben rogar para que a Macías no se le ocurra escribir un trino que diga: “Amigo encapuchado, te esperamos en las calles”.

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