Ahora que el Gaviero Álvaro Mutis cumple 100 años, conviene recordar que el Diario de Lecumberri, uno de sus grandes textos breves, es un registro de la tipología humana con la que debió convivir en los meses en que estuvo detenido en la cárcel de Lecumberri, en Ciudad de México. Cada entrada muestra el perfil de uno o varios personajes y el relato de sus vidas en lo que más importa cuando se está en una cárcel, que es el por qué está uno ahí y quién era allá afuera. Es el caso del avaro Abel, recolector de basuras y misterioso recluso que, teniendo el suficiente dinero para salir, prefirió no gastarlo en pagar su fianza; o el de alias Palitos, drogadicto que apareció muerto como consecuencia de una mala carga de tecate, nombre carcelario de la heroína a la que los reclusos eran adictos. Mutis fue a ver el cuerpo. “Mostraba en la desnudez de su cadáver cierto secreto testimonio de su ser que en vida no le fuera dado transmitir…”.
Es posible que esta precisión venga de la poesía, pero la claridad con la que atrapa personajes es endemoniada. Considero insuperable su descripción del miedo: “El miedo de la cárcel, el miedo con polvoriento sabor a tezontle, a ladrillo centenario, a pólvora vieja, a bayoneta recién aceitada, a reja que gime su óxido de años, a grasa de los cuerpos que se debaten sobre el helado cemento de las literas y exudan la desventura y el insomnio”. O cuando afirma que la lluvia “da malas ideas”, como en la historia del viejo Rigoberto, exsicario asesinado. El Diario es una colección de estudios humanos y Mutis muestra algo más: su manejo del habla mexicana, entretejida en la prosa. Como en la muerte de Ramón, el peluquero, víctima del tecate balín o heroína falsa: “Lo encontré tendido en la cama, las manos agarradas de los bordes del lecho, gimiendo sordamente mientras sus palabras iban perdiendo claridad en los estertores de la intoxicación. «No me dejes morir, güera. Güerita, a ver si el doctor puede hacer algo. Pídeselo, por favor». El médico observaba fijamente al moribundo: «¿Quién te dio la droga, Ramón? Otros vendrán después de ti si no nos lo dices». «Da igual, doctor. Sálveme a mí; a los otros que se los lleve la tiznada»”.
La galería humana en las crujías de Lecumberri le sirvió para consolidar lo que, más adelante, sería su obra novelística. En torno a Maqroll y un variopinto grupo de personajes. Él mismo lo dijo en el prefacio a una de las ediciones del Diario: “Gracias a esa experiencia, tan profunda como real e incontrovertible, he logrado escribir siete novelas que reuní con el título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero”. Porque el diarismo de Álvaro Mutis se asemeja al de otros “diarios de escritor”, como pueden ser el de Kafka, que por momentos se convierte en cuaderno de ejercicios literarios, de borradores que luego irán a sus novelas. O el de Julio Ramón Ribeyro, que lo usaba como semillero de ideas, o el de Gombrowicz, con un catálogo de personajes de la vida polaca, en bocetos y notas, a los cuales golpearía después con el fuste de sus sátiras literarias. Sin embargo, no recuerdo otro diario de cárcel. Novelas extraordinarias sí, como Animal Factory de Edward Bunker o la celebrada Papillon de Henri Charrière. Pero diarios de penitenciaría, ninguno.