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Tras casi dos años de mitología, elucubraciones, temores, hipótesis y cambios drásticos de vida por el fantasmagórico virus de apariencia infantil, por fin el COVID-19 logró atraparme. Y esto, claro, a pesar de estar vigorosamente vacunado. Juzguen ustedes mi historial biológico: en marzo del 2021 fui voluntario en un test de la vacuna alemana CureVac, de los laboratorios Bayer y GlaxoSmithKline, y recibí dos dosis (más tarde supe que fueron dosis de vacuna y no placebo). Luego, en junio de 2021, se supo que esta vacuna basada en la tecnología del ARN mensajero tenía una eficacia muy baja, de apenas un 53 %, y por eso no fue aprobada en Europa. Al saber esto, mi médico me recomendó de inmediato la vacunación con AstraZeneca, complementaria al sistema ARN mensajero, cosa que hice en junio y agosto de 2021. Con el juego de dos biológicos legales y dos no aprobados (aunque vacunas) me sentí protegido. Y así, superado el encierro del 2020, en el 2021 pude hacer muchos viajes, fundamentales para mi actividad, por Europa, Estados Unidos y México. Nunca tuve el menor problema.
Hasta la semana pasada. La Fundación La Cueva, de mi querido amigo Heriberto Fiorillo, entregaba su Premio Nacional de Cuento, del que fui jurado, y me invitaron a viajar a Barranquilla. Al principio tuve mis dudas por la explosión de la variante ómicron, pero al final las ganas de abrazar a Heriberto y el compromiso con La Cueva fueron más fuertes y fui. Me alegro de haberlo hecho. De acuerdo a mis propias investigaciones (dispongo de un FBI para ciertas cosas), pude determinar que el contagio no fue en La Cueva, sino en el avión de Avianca que debía traerme de regreso. Si ya es una pesadilla el vergonzoso aeropuerto de Barranquilla, que parece escala de flotas interurbanas y no el terminal aéreo de una estupenda ciudad (por el robo de los recursos que, según mi conductor, se debe a cierta casa política), lo que nos aniquiló fue que el avión se quedó en pista tres larguísimas horas con todos los pasajeros adentro. Como los que estábamos a bordo no éramos suecos psicoanalizados sino colombianos ansiosos, a la media hora ya había un motín bastante acalorado; se oyeron gritos de protesta, madrazos y otras alusiones a las progenitoras de pilotos y azafatas, a la aerolínea, incluso a la hermana del presidente Duque por haber trabajado ahí y, en consecuencia, al Gobierno; en fin, chiflidos y la consabida sinfonía nacional de quejas y vulgaridades, con los tapabocas en el cuello o en la frente, estilo balaca. Por eso, cuando al fin llegamos a Bogotá a las seis de la tarde en lugar de a las dos, ese avión debía expulsar COVID-19 hasta por las turbinas, convertido en un gigantesco surtidor de ómicron. Si hubiera sido una película gringa, la aviación militar habría tenido que derribarnos en aras de la seguridad nacional. Dos días después empecé a toser y el lunes siguiente, después de dos docenas de pruebas de antígenos y PCR negativas, vi por primera vez la palabra “Positivo”. Me angustié, no lo creí, me sentí acorralado. Pero la cosa se quedó en tos y carraspera. Nunca fiebre. Ahora, al escribir esto, ya estoy en el sexto día, prácticamente sin síntomas. ¿Será esta la vacuna definitiva? Espero que sí. Cuídense mucho y viajen por tierra. Y abran las ventanas.
