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Mirada desde la India

Santiago Gamboa

22 de mayo de 2010 - 12:18 a. m.

Regreso con esta columna que he paseado en otras épocas por publicaciones como Cromos o la extinta revista Cambio, y que ahora traigo a El Espectador, el diario en el que escriben tantos amigos y personas que admiro.

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Doble regreso: a Ambos Mundos y a este mundo, después de pasar cerca de dos años en India. ¿Y cómo se ve Colombia desde el lejano Indostán? Una porción de tierra muy agraciada en un continente lleno de agitación. Se ve espaciosa y fértil: India es sólo 3 veces más grande, pero por cada colombiano hay 27 indios. La lección de Asia, no sólo de India, es que no ser superpoblados es una bendición. Aquí nos sobra el espacio y eso hace que nuestro aire sea más limpio, que haya agua y que nuestras ciudades no sean hervideros. Bangladesh tiene una décima parte de nuestro territorio para 150 millones de habitantes. Lo mismo pasa en Indonesia y Pakistán: racimos humanos que algún día, fatalmente, acabarán con su hábitat.
 
     Más cosas: para los ciudadanos indios no es fácil comprender nuestra violencia. ¿Por qué violencia si no tienen problemas religiosos? Ellos sólo la conciben en esos términos, jamás en relación con la desigualdad social. Los indios son por tradición no-violentos y están acostumbrados a asumir su situación con pasividad. Es el karma. Gandhi no se los enseñó, lo que hizo fue potenciar y dirigir su no-violencia. Pero esto acaba cuando surge un conflicto en donde lo religioso está presente: Indira Gandhi fue asesinada por un sij y ese mismo día los hinduistas lincharon a 3.500 sijs en todo el país. Muchos debieron cortarse su ceremonial coleta y quitarse el turbante para salvar la vida. Igual ha ocurrido con la comunidad islámica, que es minoritaria (aunque son 160 millones). Basta que alguien encienda una mecha.

     India es aún más diversa que Colombia, con 24 lenguas oficiales y subregiones que son verdaderos países. Imaginen que los llaneros o los chocoanos hablaran otras lenguas, con escritura diferente. Tampoco la extrema pobreza ni la fastuosa riqueza que se ve en India existe entre nosotros. Muchos no llegan a los 50 centavos de dólar diarios y sus hijos juegan con ratas entre la basura. Otros tienen mansiones de 23 pisos (la familia Tata o los Birla) y celebran matrimonios que cuestan 25 millones de dólares. El gasto conspicuo. ¡La riqueza es para que se vea! En eso nos parecemos: ver pasar un Ferrari por las polvorientas calles de Delhi es tan incomprensible e insultante como ver un Maserati en las nuestras.

     Las temperaturas de India no existen acá. Delhi, por estos días, llega a los 49 grados y en la noche no baja. Se vive en aire acondicionado pero la electricidad salta a cada rato. Si uno piensa en algo, suda. Hay que detener la mente, meditar. Por eso India es también muy árida, a diferencia de Colombia, que es un país tan verde. Y esto es lo más bello que he encontrado aquí: el verde reluciente, los muchos tonos del verde, el verde regado de agua que se trepa al corazón y nos da vida: el verde de los extensos paisajes y de la esperanza.

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