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A raíz de los 100 años del nacimiento de Álvaro Mutis y en plena Feria del Libro de Bogotá, quiero señalar en público lo que tantas veces he sostenido en privado y es que su prosa es una de las mejores de la lengua. Desde la primera vez que lo leí, hará de esto unos 40 años, sus cuentos y novelas contradijeron una de mis creencias más sólidas, y era la idea de que los poetas, cuando recurrían a la prosa, solían sobrecargar la escritura de imágenes y adoptar un tono cuasisagrado o bíblico. Tanto, que la lectura se volvía farragosa, lenta, febril. Una extensión horizontal de su poesía, pero chapaleando con esfuerzo de un borde al otro de la página. ¿Por qué?, solía preguntarme. En un ensayo de Julio Ramón Ribeyro encontré una respuesta. Según él, la pesadez de estos relatos se debía precisamente al virtuosismo del lenguaje que les daba el ser poetas, ya que eran textos que carecían por completo de frases banales (del tipo: “Se levantó y caminó con decisión a la ventana”), necesarias para escribir narraciones eficaces, pero a las cuales los poetas suelen ser alérgicos. Para Ribeyro ahí estaba el problema, porque el virtuosismo absoluto en la escritura es enloquecedor, agobiante e incluso cacofónico. Como en cualquier arte. A diferencia de las matemáticas, decía Ribeyro, en la prosa el resultado final nunca es igual a la suma de las partes. Cada frase podía ser sorpresiva, profunda y poéticamente bella, pero si esto se extiende por centenares de páginas el resultado es ilegible. Un artefacto desquiciado, como un galeón de porcelana que se hunde a los pocos metros del puerto por exceso de adornos, estatuillas, ornamentos y tramoyas. He conocido varios casos así, pero hay uno que admiro particularmente: Paradiso, de José Lezama Lima. Es la típica “novela de poeta” en donde cada página parece un ente autónomo, desligado del resto; un absoluto disparate, claro, pero genial, como lo fue el propio Lezama. Seguir el argumento de Paradiso es una tarea titánica —y por momentos inútil— que expulsa al lector promedio a las pocas páginas, hasta que uno descubre que hay que leerla de otro modo y que conviene conocer antes algo de la poesía lezamiana. Sólo así se hace visible su enorme belleza y su sentido.
Álvaro Mutis, sin embargo, es ejemplo de todo lo contrario. Su talento de poeta, en lugar de entorpecer la fluida navegación de la prosa, le sirve para darle un tempo y una prosodia que la vuelven adictiva. La carga lírica está medida de un modo tal que, lejos de ser ornato, da a la escritura sofisticación y un poderío arrollador. Basta empezar a leer cualquiera de sus novelas o cuentos para notarlo. Si no fuera por la admiración que siempre me suscitaron sus versos, lamentaría que no se hubiera dedicado toda la vida a la novela.
Por un afán de equilibrio, quiero mencionar también la situación contraria: los “poemas de novelista”, pues estos me suscitan tanta o más sospecha que las “novelas de poeta”, ya que suponen un ascenso tan marcado en el árbol jerárquico de la literatura —donde la poesía es la nobleza y la novela la clase obrera— que, con alguna excepción, los juzgo imposibles. Son sensibilidades y mentes distintas, e incluso cuerpos diferentes: como el de un corredor de 100 metros y el de un maratonista.
