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Notas sobre el oficio

Santiago Gamboa

25 de febrero de 2011 - 10:00 p. m.

TRAS PARTICIPAR EN EL V CARNAval de las Artes de Barranquilla, ese maravilloso espacio de reflexión, debí enfrentar varias veces la tradicional pregunta de qué es escribir y, sobre todo, por qué lo hago. Resolví el asunto con respuestas del tipo, “porque me gusta leer”, pero influenciado por el extraordinario ambiente tomé algunas notas que ahora comparto con ustedes. Escribir es la mejor manera de pensar.

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¿Dónde está la obra literaria? El libro es un objeto formado por papel y tinta que en sí mismo no tiene nada de artístico. Por eso la literatura es un bien inmaterial: el soporte que la transmite es irrelevante, a diferencia de las artes plásticas, en donde la materia y la obra son una misma cosa.

Cada escritor inventa de nuevo la escritura. Cada escritor es, de algún modo, el primer escritor, pues la materia sobre la cual trabaja no es literaria, y entonces debe partir de cero. Ni la realidad ni el lenguaje, en su origen, son literarios. Lo que es literario es el modo en que él los percibe, los piensa y, finalmente, los procesa para transformarlos en la obra.

El escritor está solo. Puede ver lo que otros han hecho y establecer comparaciones, nutrirse de influencias y crear una genealogía. Quien lee está en la esfera de lo literario e incluso puede que piense de un modo literario, pero aún no es escritor. Ocasionalmente puede ser crítico literario.

(Dice Jorge Volpi: “Un crítico literario no es un escritor frustrado. Un crítico literario es un crítico literario frustrado”).

Quien carece de talento es mucho más consciente de él que quien sí lo tiene, y esto es normal. Igual que la salud o el dinero: son más conscientes de ellos quienes no los tienen. El talento es antidemocrático, absolutista, despótico. Puede concentrarse todo en una sola persona y desdeñar a miles que lo anhelan. Es el único bien que se derrocha al no usarlo.

Cada escritor es el primer escritor y debe arreglárselas solo. Debe inventar el fuego y la rueda, descubrir la ley de la gravitación universal y la penicilina. Su fuego, su gravitación universal, su penicilina.

Pero escribir no es uno de los derechos humanos. Que alguien escriba no crea en los demás la obligación de leerlo. Por lo demás, la acción o el acto de “narrar” puede ser de lo más banal. Un hombre soñoliento, en bata y pantuflas, inclinado sobre un montón de papeles, haciendo correcciones aquí y allá mientras bosteza o le da sorbos a una taza de café. Algo muy banal, pero el resultado puede ser una obra de arte. Entonces todo se transforma e incluso el acto de escribirla se vuelve heroico, pero nunca al revés.

Se debe leer porque, al fin y al cabo, una vida es poca vida. Pero, ¿qué se busca al escribir? No conozco una respuesta mejor que la dada por Saúl Bellow al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1976. Él dijo: “Nosotros, los escritores, no representamos adecuadamente a la humanidad. El público inteligente espera oír del arte lo que no oye de la teología, la filosofía, la teoría social, y lo que no puede oír de la ciencia pura”. “Lo que se espera del arte es que encuentre e indique en el universo, en la materia y en los hechos de la vida, aquello que es fundamental, perdurable, esencial”.

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