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27 Nov 2021 - 5:30 a. m.

Plagios

En mi mundo, que es el de las letras, el plagio es el pecado mortal por excelencia. Apropiarse de lo que otros han pensado y escrito equivale a lo más grave y su castigo es el peor de todos: la vergüenza pública, la pérdida del prestigio, el olvido. Tanta es la hondura de la sanción y su costo que, a decir verdad, es muy poco frecuente. Tal vez porque, a la par que un delito, el plagio es en sí mismo una derrota: confesar de antemano la incapacidad de estar a la altura de lo que se pretende. Por eso, por ser tan vergonzante, es tan doloroso.

Recuerdo el caso de dos escritores, uno peruano y otro mexicano. El del peruano fue para mí muy triste, pues era nada menos que Alfredo Bryce Echenique, al que siempre admiré y quise mucho. Su plagio fue comprobado en varios textos periodísticos publicados en la revista mexicana Nexos, de la que era columnista. Algo incontrovertible, pues al comparar el original y la copia hasta un niño podía detectar la coincidencia. ¿Cómo se puede negar o justificar? Es imposible. Pero el implicado se defiende, está en su derecho y por lo general empeora las cosas. Alfredo Bryce culpó a su secretaria de haber enviado como suyos algunos textos que había seleccionado para leer más adelante. Nadie le creyó, por supuesto, como no se le cree nunca al que pretende justificar un plagio. Ese año Bryce había ganado un importante premio en México y no se lo anularon, pero, en lugar de la fiesta de entrega en la Feria del Libro de Guadalajara, un administrativo viajó a Lima y le entregó un cheque y una placa sin el menor brillo. El caso del mexicano Sealtiel Alatriste fue más grave: le cancelaron un premio y debió abandonar su cargo de director cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ambos sufrieron la sanción del olvido. Su prestigio cayó al suelo y sus libros fueron desapareciendo de los anaqueles.

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