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Todavía me dan nervios al imaginar lo que habría sido de este país si el hoy desaparecido Oscariván (¿Se sabe algo de él? ¿Era real?) hubiera ganado las elecciones, y por eso, para evitar ese vértigo, preferí pasar estos días leyendo novelas, y es de una de ellas de la que quiero hablarles, la más reciente de Fernando Vallejo, Casablanca la bella.
Es el nombre de una casa en Medellín, en la Circular 76 número 59-60 del barrio Laureles, donde el escritor Vallejo, de regreso de México, decide instalarse, en el mismo barrio de su infancia y justo en la casa que estaba frente a la suya, la que él vio desde que era un niño asomado a su ventana. Una casona al estilo tradicional, de esas que se construían antes para albergar familias de diez o doce hijos, como fue la familia de Vallejo, que tuvo 20 hermanos, casas rodeadas de jardines y antejardines y amplias rejas y balcones, y que parecían pequeños palacios puestos en fila sobre avenidas que en su época no eran muy concurridas, de modo que todos los vecinos se conocían, como en los pueblos o veredas de Colombia.
Es la historia del escritor que vuelve a su región natal después de décadas por fuera y que choca con una ciudad que no es la de su recuerdo y en la que ya no queda nadie. Sus antiguos vecinos murieron o fueron secuestrados o simplemente se fueron, así que su viejo barrio de infancia no es más que un baúl de imágenes anticuadas, una ciudad invisible, y esto mismo, poco a poco, le va ocurriendo a toda la ciudad, Medellín, urbe fantasma convertida en un manicomio repleto de fumadores de bazuco y marihuana, prostitutas de todas las edades llamadas prepagos, curiosa influencia del léxico de la telefonía celular en el mundo del burdel, y prepagos masculinos, jovencitos y niños que van a satisfacer a bujarrones y curas y a viejos, y así el mundo que describe cada vez que sale a la calle es una galería de miserables que parecen salidos de una noche de Walpurgis o una pesadilla de Goya, y claro, esos seres habitan el mismo espacio por el que Vallejo va de tienda en tienda intentando comprar una vela para alumbrarse, en la nueva casa, pues le cortaron la luz, o buscando un inodoro que tenga la altura correcta, pues, según dice, los de hoy son tan bajitos que después es imposible pararse, y así, la casa y su remodelación se va transformando en la metáfora de sus desavenencias con el presente, con todo lo que Vallejo odia de la modernidad y lo que odia en general, y es ahí cuando lo literario se impone y toma su forma más plena. La anécdota pasa a segundo plano y la voz que narra se mueve por el tiempo y por la realidad con absoluta libertad, y surge ese narrador fuerte, en primera persona, que es Vallejo mismo hablando, vociferando, despotricando, con sus diatribas contra la Iglesia, a la que culpa de la sobrepoblación; su odio a los pobres porque paren hijos; su defensa de la nueva ortografía corregida; sus ataques a la política, su amor por los animales, sobre todo los perros, en fin, los motivos vitales y literarios por los que Fernando Vallejo es hoy, sin duda, el escritor colombiano más interesante y al que debe leerse porque cada una de sus frases es un implacable y lúcido y a veces amargo retrato del mundo.
