Una de las cosas que más me impresionan de mis compatriotas, acá en Colombia, es la obsesión por ser millonarios: la plata, la plata, la plata. Todo el mundo quiere ser millonario. Algo que no he visto en otras latitudes del mundo en las que he vivido. En los países europeos, por ejemplo, hay gente rica y gente que trabaja y progresa, claro que sí, pero la mayoría de la población pertenece a una cómoda clase media en la que se vive la vida con otros intereses, multitud de proyectos y acceso a grandes oportunidades, en todos los ámbitos, sin que sea necesario para ello ser rico, lo que hace de la existencia algo más llevadero y con menos ansias. Siempre he pensado que esta obsesión nacional, en Colombia, se debe al hecho de que el Estado ha sido un ente tradicionalmente ajeno al destino de los ciudadanos. De la mayoría de ciudadanos, quiero decir. Y ahí empiezan los problemas. Sí le ha servido, claro, a un pequeñísimo puñado de compatriotas para enriquecerse —las pocas grandes fortunas del país, si se las mira de cerca, provienen de la contratación con el Estado o sus prebendas—, y por eso todo el que llega al servicio de ese mismo Estado tiene los ojos puestos en la chequera. Plata, plata y más plata para mí. Es el origen de la galopante corrupción, a todos los niveles. Como el Estado no protege ni provee al ciudadano, se tiene la idea de que sólo siendo millonario es posible tener una vida cómoda y apacible, pues la plata permite crear su propio mini-Estado dentro del Estado, aunque sea con guardias armados, muros de protección y vallas electrizadas. No se vive con los demás, sino contra los demás. Defendiéndose del resto. De ahí los conjuntos cerrados, los condominios con guardias armados, los clubes y todos esos sistemas de exclusión en que viven los pocos ricos de Colombia, en el temor de que un día llegue la turba y se meta a sus residencias. En Europa las ciudades tienen parques, plazas y bulevares que son una extensión de las casas y por eso estas no tienen que ser tan grandes. En Colombia, por la inseguridad, la plaza y el parque y el bulevar tienen que estar dentro de cada casa, y para ello se necesita plata y metros cuadrados. Plata y más plata. Pero yo me pregunto: ¿si la sociedad fuera un poco más justa y equilibrada, de modo que no hubiera tanta inseguridad, no sería mejor y más barata la vida para todos?
La obsesión nacional por los millones fue muy visible en los homenajes a la muerte del maestro Fernando Botero. Desaparece el último de los grandes artistas vivos y universales del arte mundial, un ser humano generoso, ejemplo para toda una sociedad, y gran parte de la prensa criolla se dedica a cuantificar su fortuna, a hablar de lo rico que era, creyendo que, con eso, lo están elogiando. ¡Qué gran radiografía de nuestra pequeñez! La fortuna de Botero es un efecto secundario de lo verdaderamente importante, que era su inmenso talento y el modo en que logró imponer un estilo y una visión artística que enriquecen la comprensión del mundo. Cuando murió Picasso, ¿se dedicó la prensa española o francesa a cuantificar su fortuna? ¿O cuando murieron Pollock o Warhol o Modigliani? Por supuesto que no. Esa reacción describe muy en profundidad lo que es nuestra arribista sociedad colombiana. Ahí estamos pintados.