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Como era de esperarse, el nuevo Gobierno uribista y el propio Uribe están ahondando velozmente en esa realidad surgida de las urnas, y es que Colombia ya no es uno, sino dos países. Una sociedad partida por el medio con un afilado cuchillo dejando dos mitades que se miran con sospecha, resentimiento, a menudo con odio. Lo que para una de esas mitades es lo más importante de la historia reciente del país, el proceso de paz, para la otra es una verdadera claudicación nacional. Uribe, que una de las mitades idolatra y considera “presidente eterno”, es para la otra un caudillo megalómano, mentiroso y abusivo, de oscuros antecedentes paramilitares. Santos es para una mitad uno de los mejores presidentes de la historia; para la otra es un traidor y un comunista que regaló el país al terrorismo.
Y la cosa va a empeorar, pues las declaraciones de Duque con eso de que “seré el presidente de la unidad” son cada vez más vacías. Su propio partido, el día de su investidura, inundó el país de rencor y revanchismo. La Colombia que ganó se lo pasó de maravilla poniéndole sal en la herida a la que perdió. Quienes votaron por el uribismo se sentirán plenos, llegando a esa tierra prometida que, al parecer, es una mezcla de Suiza con las fincas de Rionegro y la vieja y querida Colombia de los años 50. Los perdedores, en cambio, tenemos la sensación de vivir en un país ocupado. La guerra y la violencia que nos diezmó fue simbólica; ellos ganaron en el terreno de las pasiones y los miedos, y se tomaron el país. Por eso sus preceptos, leyes y valores nos parecen abominables. Su victoria fue, desde nuestro punto de vista, un gigantesco malentendido provocado por estrategas para confundir a la población, como el No del plebiscito. Y lo lograron.
Vivir en un país ocupado nos obliga, por ejemplo, a ver constantemente en la televisión la sonrisilla ominosa de los vencedores, y algo peor: el modo en que, poco a poco, la realidad acomodaticia hace que tantos se vayan amoldando. Si Pastrana y Gaviria se unieron a Uribe para ganar, ¿por qué otros no habrían de hacer lo mismo? Crece la fila en Palacio de quienes tienen algo para vender a cambio de su fervor. En esta Colombia es imperativo estar cerca del poder y enriquecerse para ser una persona de bien. Y además tener una finca, ese mito burgués colombiano tan unido al de la respetabilidad. Algunos nombramientos del Gobierno muestran este talante, sobre todo los de la cuenta de cobro de la campaña presidencial. Embajadas que tienen a las comunidades con los pelos de punta, personajes siniestros. La jugada de Lafaurie me intriga. Aún no sabemos si lo lograrán, gracias al escándalo en la prensa, pero, ¿qué estará tramando Uribe para querer a su compañero de latifundios en el cargo que vigila las cuentas del Estado? Tienen las llaves del tesoro y el sillón presidencial, así que ahora pueden mostrar su verdadera cara. Por supuesto que no todos los nombramientos me aterran. Carlos Holmes me parece un buen tipo, lo mismo que Álvaro García. E incluso Duque, al que pusieron de presidente. Con su rostro pueril le permiten gesticular en Palacio, pero lo importante corre por otro lado, el mismo desde el cual veremos aparecer, lentamente, las orejas del lobo.
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