Después de haber dejado la presidencia del país, en 2018, se anunció en días recientes el retiro de Raúl Castro de la dirección del Partido Comunista de Cuba. Esto quiere decir que Cuba fue gobernada no solo por el mismo partido único, no solo por la misma élite dirigente, sino por la misma familia, por dos hermanos que controlaron durante 62 años absolutamente todo en la isla caribeña. Aunque se define como un Estado socialista, que ha pretendido ser el futuro de la humanidad, como predijo equivocadamente Marx, en realidad, por lo mostrado en la práctica, el Estado cubano no es del futuro sino del pasado, propio de las sociedades premodernas divididas jerárquicamente, que en Occidente comenzaron a desaparecer hace unos 250 años.
Por supuesto, las formas han cambiado, pero esas estructuras permanecen. Porque una sociedad jerárquica es una pirámide en cuya cúpula está una dirigencia absolutista, que ya no se llama rey o monarca, sino presidente de los consejos de Estado y de Ministros y secretario general del Partido Comunista. El derecho divino a gobernar otorgado al monarca directamente por Dios o por intermedio del papa ha sido reemplazado por “el mandato revolucionario”, por la “fe en el proceso histórico”, y han aparecido divinidades nuevas, como “la revolución socialista y democrática de los humildes”, con invocaciones que han reemplazado las que acudían a la divinidad, la ley natural o las bulas papales por decálogos revolucionarios y proclamas obligatorias como “patria o muerte, venceremos”, “dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”, “sin dar un solo paso atrás, ni para coger impulso” o “queremos ser como el Che”.
El sucesor de Raúl Castro como primer secretario del Partido Comunista será Miguel Díaz-Canel, quien se apresuró a decir que consultará todas las decisiones estratégicas con Castro. Cuando fue nombrado presidente en 2018, Díaz-Canel reaseguró que no “habría espacio para el capitalismo”, lo que ha sido realmente consistente con una sociedad premoderna y autoritaria. Porque la economía de mercado y la libertad de empresa han sido factores históricamente cruciales para el surgimiento de las sociedades modernas, caracterizadas, entre otras cosas, por estar divididas no en forma jerárquica o piramidal, sino en forma funcional con nuevos y crecientes dominios independientes, como la economía, la cultura, la educación, las artes y sus múltiples subdivisiones, esferas que compiten con el control absoluto de la política, propio de las sociedades jerárquicas cerradas. El control del poder por esos otros dominios, incluyendo la economía de mercado, hizo posible también el gobierno de las leyes, la igualdad ante la ley, la libertad de los individuos para editar sus planes de vida y las elecciones libres, todos elementos centrales de la democracia liberal.
Así, sin la economía de mercado y sin la democracia liberal, en Cuba seguirá prevaleciendo un Estado jerárquico semejante a los de la alta Edad Media, como el que existe en Corea del Norte y en varios regímenes autocráticos africanos. Aunque parezca increíble, entre nosotros hay también sectores y personas que sueñan con convertir a Colombia en una sociedad de ese tipo, camino que ya recorren Venezuela y Nicaragua. La dictadura cubana y los casi dos millones de exiliados venezolanos que deambulan y languidecen por las carreteras y calles de nuestras ciudades nos señalan que ese es un camino nefasto que debe ser evitado.