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A lps 95 años, falleció Douglas Norh, uno de los científicos sociales más importantes e influyentes de los últimos 100 años.
Junto a Robert Fogel, recibió, en 1993, el premio Nobel de economía por sus aportes a la Economía Institucional, una disciplina que ha tratado de hacer un matrimonio entre la teoría económica ortodoxa con la historia y las instituciones.
North centró su interés en entender el crecimiento económico de largo plazo. Comenzó estudiando dicho crecimiento con los conceptos de la teoría neoclásica, como la acumulación de capital, el cambio tecnológico o el incremento de la productividad, pero, muy pronto, se dio cuenta que éstos se quedaban cortos para explicar muchas transformaciones del mundo empírico. Por ejemplo, en un célebre estudio, señaló que el cambio tecnológico no era suficiente para explicar la extraordinaria expansión del transporte marítimo a través del Atlántico, en los siglos XVII y XVIII, pues encontró que, tanto o más importante, fue la eliminación de la piratería.
De esta forma, North argumentó que los intercambios económicos enfrentan costos de transacción, que la información es imperfecta o que la gente tiene un comportamiento menos lógico de lo que se cree. Esto lo llevó a estudiar los incentivos, además de los económicos, que tienen los individuos y las sociedades a comportarse en una u otra forma. Y dichos incentivos se plasman en las instituciones.
Las instituciones son las reglas de juego en las que se desenvuelven los mercados y los agentes, o son las restricciones inventadas por los mismos seres humanas para estructurar sus interacciones.
Se componen de reglas formales, como las constituciones, las leyes, las regulaciones o los actos administrativos. Pero también son reglas informales, como las convenciones, pautas de conducta y tradiciones, que se plasman en creencias, valores y actitudes. También son los mecanismos de coerción, que obligan al cumplimiento de las reglas formales e informales.
Estos conceptos, que hoy parecen tan obvios, han tenido un impacto extraordinario en la economía y en las ciencias sociales de todo el mundo. En junio de 1998, tuvimos el enorme privilegio de escuchar todas estas ideas de su propia voz, cuando, en contra de la recomendación del Departamento de Estado, que le informó que su vida corría peligro, visitó el país para recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad de los Andes. En una larga reunión con los profesores de la facultad de economía, luego en una conferencia a toda la universidad y, más tarde, en un seminario en la biblioteca Luis Ángel Arango, abierta a todos los estudiantes de Bogotá, North nos invitó a poner más énfasis en la seguridad, en la justicia y en la calidad de las instituciones políticas. Argumentó, por ejemplo, que el problema de la pobreza tiene raíces políticas y también nos invitó a prestarle mucha atención a los costos que han tenido la guerrilla y la mafia.
Casi dos décadas después, muchos de los problemas de nuestro país siguen siendo los mismos: un Estado que avanzó mucho en garantizar la seguridad a los ciudadanos, pero que ha sido incapaz de contar con el monopolio de la fuerza legítima en áreas periféricas; una justicia con unas fallas muy grandes y un sistema político plagado de clientelismo.
De la obra de North aprendimos que, si no resolvemos estos problemas tan críticos, Colombia jamás llegará a ser un país desarrollado.
