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El antisemitismo de Chávez

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Santiago Montenegro
15 de noviembre de 2009 - 11:48 p. m.
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UNA DE LAS IDEAS CENTRALES DEL libro de Enrique Krauze, El poder y el delirio, es que Hugo Chávez va en serio. Krauze es muy convincente en afirmar que a Chávez no se le puede tratar como un payaso, pese a las muchas bufonadas y payasada que hace con frecuencia.

Desde que era prácticamente un adolescente soñaba con transformar a Venezuela y, después de una vida inverosímil en sucesos, azares y coyunturas históricas que lo favorecieron, allí está anclado al poder, ejecutando su supuesto proyecto revolucionario, llevando al pueblo venezolano “hacia un mar de felicidad, de justicia social, de paz”. Genuina y sinceramente cree que él mismo encarna un proyecto histórico que comenzó con Simón Bolívar y que, después de su muerte, quedó trunco hasta su aparición en el escenario político en los años noventa. Entre Simón Bolívar y la revolución bolivariana no hubo historia, sólo desastres. Los dictadores Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Pérez Jiménez son lo mismo que los presidentes elegidos durante la “maloliente democracia”, porque la democracia liberal “ya no sirve, pasó su tiempo”, y la oposición “jamás volverá al poder; ni a las buenas ni a las malas”.

Por supuesto, en la narrativa histórica y política de Chávez los desastres tienen autores. Son los enemigos anteriores, los enemigos externos y también los enemigos internos. Entre sus enemigos externos favoritos están el imperialismo norteamericano y los bogotanos, quienes, según él, lo odian y maltratan, como maltrataron y odiaron al Libertador. Entre los enemigos anteriores están todos los gobiernos del Pacto de Punto Fijo, desde Betancourt hasta el segundo gobierno de Caldera; y entre los enemigos internos están la oligarquía, la Iglesia, los capitalistas, a los que llama “pitiyanquis, vende patrias, escuálidos, traidores a la patria”. Y también los judíos. Porque es escalofriante la campaña antisemita que se está alimentando en Venezuela desde el gobierno. A partir del llamado caracazo se comenzó a acusar a los “tecnócratas judíos” como responsables de la debacle económica durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Y ya en el gobierno de Chávez, en los diarios oficiales aparecen con frecuencia artículos negando el Holocausto y el mismo Chávez ha acusado a los empresarios judíos de estar “participando activamente en la conspiración de los medios de comunicación” y de estar alimentando el movimiento estudiantil que rechaza la revolución bolivariana. En 2004, la policía allanó un colegio de judíos con el pretexto de que había armas, las cuales, por supuesto, nunca aparecieron. Venezuela e Irán han firmado acuerdos comerciales por unos 20 billones de dólares y, junto a Bolivia, Chávez ha acusado a Israel de genocidio en Gaza y ha roto relaciones diplomáticas. A menudo, Chávez utiliza una retórica antijudía que está envalentonando a fuerzas de choque, como el grupo de vándalos que, en enero, entró en un templo judío, en Caracas, profanó el espacio sagrado y dejaron escritas en las paredes consignas de “muerte a los judíos”. De acuerdo con cifras que cita Krauze hacia 2007, un 25% de un total de 15 mil miembros de la comunidad judía de Venezuela había decidido emigrar. No tenemos cifras más actualizadas, pero lo que sí sabemos es que la comunidad judía de Venezuela está perpleja y atemorizada por estas acciones que suceden en un país que, hasta hace poco, se había caracterizado por ser muy abierto, tolerante y acogedor de grandes comunidades de extranjeros y gentes de todas las religiones y creencias. El antisemitismo de Hugo Chávez es otro síntoma más de que algo muy grave está sucediendo en Venezuela.

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