LA ECONOMÍA MI PROFESIÓN ESTÁ desprestigiada desde hace mucho tiempo, pero difiero de las razones que, comúnmente, se dan para explicar su desprestigio.
Se ataca a la economía y a los economistas porque se equivocan en sus predicciones, porque no fueron capaces de predecir la actual crisis. Si el arte de la predicción es el criterio de juzgamiento, no se salva nadie. O, ¿es que los abogados ya saben con certeza cómo va a fallar la Corte Constitucional el referendo? ¿O conocen ya con certeza los politólogos quién va a ganar las elecciones de 2010? ¿Y las de 2014?
Como en muchas controversias, lo que está detrás de esta crítica es un problema filosófico —pero real— de profundidad. Quizá sin saberlo, los que creen y exigen la predicción del futuro, hacen parte de una corriente que concibe a la sociedad y al mundo como totalidades cerradas, terminadas, estáticas o, si en movimiento, definidas por leyes precisas que pueden llegar a ser conocidas. Según Isaiah Berlin, ese fue el sueño del pensamiento de Occidente, quizá desde Parménides hasta Ilustración, y estuvo definido por una máxima: “La verdad es única y el error es múltiple”. Después de la Ilustración y, sobre todo, por el desencanto por la forma como terminó la Revolución Francesa, floreció una corriente crítica que dudó sobre la posibilidad de llegar a conocer completamente la sociedad y el mundo y, menos, poder llegar a predecir el futuro. Esa corriente se inspiró también en ideas muy viejas, como las de Jenófanes de Colofón, quien, en el siglo quinto antes de Cristo, afirmó que aun si nos topáramos con la verdad no tendríamos cómo reconocerla. Y de ella hacen parte, por supuesto, Sócrates y otros humanistas que vinieron después, como Erasmo y Montaigne. Pero, su mayor exponente fue Kant, quien argumentó que, porque jamás podremos conocer las consecuencias imprevisibles de nuestros actos, debemos tener buena voluntad, y de allí deriva las bases de sus imperativos. Ya más cerca de nosotros, esta corriente la asumió la escuela del racionalismo crítico, con Karl Popper, quien argumentó una de las pocas ideas realmente grandes que dio el siglo XX: “La verdad nunca es definitiva, el error es siempre probable”.
Si alguien cree que esta discusión es meramente académica y que no sirve para la vida práctica, se equivoca. Por ejemplo, en economía hacen parte de la escuela absolutista los que creen que la incertidumbre se puede calcular con el riesgo estimado de eventos pasados. Contra esa visión, Maynard Keynes y Frank Knight argumentaron que los eventos económicos, por ser fenómenos humanos, no pueden ser reducidos a los cálculos de probabilidades como las de los dados o las de los casinos. En la teoría de la administración de negocios, hace parte de la tradición absolutista el viejo modelo empresarial vertical y cerrado que condujo a la debacle de Detroit.
En esta disciplina, la escuela crítica está representada por el modelo de la innovación abierta, de la libertad de creación y de debate interno en las empresas, como Google, donde una de sus máximas es “más son más inteligentes que menos”. Los que desprecian a los economistas porque no pueden predecir el futuro, deberían estudiar este debate milenario. Así, sabrán que el futuro, más que predecirlo, hay que construirlo. Que nadie tiene la verdad revelada y que para solucionar problemas hace falta la crítica. Y que la sociedad y la economía pueden ser científicas, no porque tengan leyes y modelos que determinan su curso, sino porque pueden avanzar aprendiendo de sus errores. Para no repetirlos.