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No son solo los economistas

Santiago Montenegro

07 de marzo de 2021 - 10:00 p. m.

En su columna en Portafolio, Miguel Gómez Martínez nos define a los economistas como “profesionales de ingeniería disfrazados de economistas” y afirma que nos hemos encerrado en un lenguaje obtuso y petulante, que somos demasiado teóricos, que abusamos de las formulaciones matemáticas, que nos falta humildad para reconocer que los problemas económicos son realmente problemas políticos y agrega que deberíamos estudiar economía política y leer a autores como Ricardo, Smith, Marx y Keynes.

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Yo creo que en muchos sentidos Miguel tiene razón, pero, si analizamos el tema más a fondo, este lenguaje obtuso y esta petulancia técnica son expresiones de una realidad mucho más general. En primer lugar, dicho lenguaje superespecializado no es solo de los economistas. Por dar algunos ejemplos, si usted no es un jurista, trate de entender qué quiere decir actio de effusis et deiectis o cautio iudicatum solvi; si no es médico, mire a ver si entiende qué es hemoleucograma y sedimentación o el síndrome de Rapunzel; si no es sicólogo, vea si puede responder cuál es la diferencia entre la alexitimia y la abreacción; si no es experto en arte renacentista y le preguntan qué es una crujía o un escorzo, no creo que pueda responder de inmediato. Y aun si alguna vez lo leyó y cree que lo comprendió, no es fácil recordar qué entendía Marx por el fetichismo de la mercancía o su tesis sobre la diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro.

De esta forma, es claro que estos lenguajes superespecializados no son solo de los economistas y estaría de acuerdo en que son un problema, porque convierten a la sociedad en una Torre de Babel. Pero, en realidad, este es un problema de más fondo porque dicha especialización es consustancial y, quizá, un costo que la humanidad ha pagado por la llamada modernidad. Porque, como han argumentado sociólogos como Luhmann, la modernidad marcó el tránsito de sociedades jerárquicamente diferenciadas a sociedades diferenciadas funcionalmente en lo que denomina sistemas, que prefiero llamar dominios, como el dominio económico, el político, el cultural, el de la salud, el del medio ambiente, entre muchos otros, cada uno fraccionado, a su vez, en varios subdominios. La política y la religión perdieron la hegemonía que gozaban en las sociedades jerárquicas y, aunque por supuesto no han desaparecido, compiten ahora con muchos otros dominios que fragmentan su poder e influencia; de esa forma, dicha multiplicidad de dominios se convierte también en un soporte de la democracia liberal.

Consustancial a cada uno de esos dominios, en donde priman racionalidades instrumentales, existen esos lenguajes lógico-técnicos superespecializados, como los anotados. Por otro lado, en la modernidad la superespecialización se tomó también la academia, como se lamentó Ernst Cassirer en su magnífica Antropología filosófica, donde argumenta que la teoría moderna del ser humano perdió su centro intelectual y, en su lugar, emergió “una completa anarquía del pensamiento”. Así, cada disciplina se inventó su homo: el homo economicus, el homo politicus, el homo juridicus, el homo psychologicus y muchos más.

Reconociendo que la modernidad nos ha dado un nivel de bienestar jamás imaginado por quienes nos precedieron, sí tenemos que hacer un gran esfuerzo por mejorar la comunicación y la deliberación respetuosa para tratar de entendernos entre todos en esta Torre de Babel.

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