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Los colombianos queremos que los líderes políticos nos digan claramente lo que harían si obtienen el derecho a gobernar desde la Casa de Nariño y si su partido o alianza de partidos alcanza una mayoría en el Congreso. Esto puede parecer una obviedad y hasta una obligación, pero en tiempos de populismo y dominio de las redes sociales las cosas no son como deberían ser. El populismo se ha apoderado de una buena porción del discurso político y, en un contexto de pandemia y alto desempleo, encuentra tierra fértil para dividir a la sociedad entre una élite malévola y corrupta y un pueblo noble explotado por esa minoría privilegiada. Por su parte, las redes sociales se han convertido en un medio que privilegia el número de seguidores y likes de quienes allí participan y, lejos de ponderar y premiar a quienes buscan la verdad, los que aúllan sobre reales o imaginarios escándalos, corrupción, tragedias, insultos o denuncias alcanzan las audiencias más grandes. Hasta académicos, cuyo propósito siempre debería ser precisamente la búsqueda de la verdad, han caído en esta trampa por alcanzar fama al costo que sea. Una consecuencia del populismo y de las redes sociales es una cosmovisión completamente negativa del mundo, la sociedad, el Estado y, por supuesto, la política. En esa visión distorsionada de la realidad todos son ladrones y corruptos: todos los políticos, todos los jueces, todos los funcionarios públicos, todos los empresarios, todos son parte de esa supuesta élite que lo controla todo.
Los líderes políticos que siempre han creído en los grandes valores de la modernidad, como la democracia representativa liberal, la libertad individual, la igualdad ante la ley, el pluralismo o la economía de mercado, deberían ser muy cuidadosos y evitar caer en esa supersimplificación entre buenos y malos, que impulsan los enemigos de la sociedad abierta y solo sueñan con imponer en nuestro país la premodernidad castrista y chavista. Los verdaderos demócratas colombianos deberían mirar lo que ha pasado en Chile, el país más avanzado de América Latina en prácticamente todos los órdenes: menor pobreza, mayor mejora en la distribución del ingreso, el mejor índice de desarrollo humano, mejores autopistas de carreteras, menor corrupción y mucho más. Pero en una campaña cultural de largo aliento, liderada por el Partido Comunista y la extrema izquierda, el chileno medio ha llegado a creer que su país es un fracaso, un lugar donde imperan la corrupción, la desigualdad y la explotación. Lo más increíble es que los políticos y tecnócratas que desde el retorno a la democracia, en 1990, hicieron todo esto posible se escondieron, no salieron a defender estos logros y, por el contrario, parecieron avergonzados de sus realizaciones. Más aún, pensando que tendrían réditos políticos, algunos de ellos se sumaron al discurso populista de la extrema izquierda y fueron estruendosamente derrotados en las últimas elecciones, incluyendo la Asamblea Constituyente. La gran lección que han aprendido, muy tarde para algunos, es que si usted reniega de lo que siempre ha pensado y se suma al populismo que otros promulgan, al final del día la gente acaba prefiriendo el original. Pero lo más grave no es que usted pierda la elección; lo realmente grave es que acabe poniendo en juego esos valores de la modernidad que tanto esfuerzo nos ha dado construir. Los demócratas colombianos deben tomar atenta nota del caso chileno.
