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El mundo funcionaría mucho mejor si las gentes, especialmente las que tienen poder, fueran conscientes de que nuestros cerebros y sistemas mentales son exactamente los mismos que tenían los humanos que deambulaban por las sabanas africanas y dormían en las cavernas hace unos cien mil años.
Era un mundo elemental de hombres y mujeres en bandas de pocos miembros, que vivían la mayor parte del tiempo buscando alimentación o enfrentando explosiones súbitas de actividad peleando o escapando a depredadores. Era un mundo de lo sensible, de lo visual, de lo inmediato, de lo personal y de lo tangible. Un mundo cuya característica central, visto desde el nuestro, era la carencia de información que había sobre el entorno. El gran problema que heredamos de ese mundo es que sus sistemas mentales fueron hechos para un universo de muy escasa información. Sólo a partir de una fecha muy reciente, cuando Gutenberg inventó la imprenta, a mediados del siglo XV, la información y la difusión de las ideas comenzaron a crecer exponencialmente y los humanos comenzamos a salir rápidamente de ese hábitat, en tanto nuestros genes y mentes permanecieron básicamente iguales a los que tenían nuestros antepasados hace unos cien mil años. En un mundo crecientemente complejo, los humanos nos quedamos con unos sistemas mentales desarrollados, fundamentalmente, para salir de los peligros.
Quien no esté convencido de las precariedades e imperfecciones de nuestros sistemas mentales para la época que vivimos, debe leer el libro de Daniel Kahneman Thinking, fast and slow. Según este sicólogo, premio Nobel de Economía de 2002, nuestra mente está dirigida por lo que llama el Sistema 1, que produce impresiones e intuiciones automáticamente, escapa a nuestro control, funciona en silencio, es extremadamente imperfecto y, por lo tanto, comete muchos errores. Ese sistema hace que nuestra mente y lo que ella produce, como las creencias y preferencias, no funcionen de acuerdo con reglas lógicas y nos haga dar respuestas equivocadas a una multitud de preguntas. Como las que tienen que ver con probabilidad, o con nuestro pasado, que nos lo hace ver mucho menos aleatorio de lo que fue y nos da una falsa confianza para predecir el futuro. Más peligroso aún, cuando las preguntas son difíciles, nos hace responder otras más fáciles, sin que notemos la sustitución.
Después de leer este libro, uno queda convencido de las carencias de nuestra mente. Pero también perplejo, porque Kahneman no explica cómo, con una mente que tiene estos problemas, los humanos han logrado tantas cosas, como incrementar la esperanza de vida, controlar la violencia por el derecho o entender las partículas subatómicas. Lo que sí sabemos por otros estudios, es que los humanos han alcanzado esos logros fantásticos tomándose su tiempo, discutiendo con otros humanos, a veces durante horas, días, meses, años. En otras palabras, alejándose de ese Sistema 1, que es inmediato, silencioso, intuitivo, mentiroso, y que fue diseñado para que un hombre saliese corriendo en la presencia de un tigre, pero que es demasiado imperfecto para, por ejemplo, interactuar en escenarios que requieren respuestas inmediatas en las redes sociales y, en general, para un mundo gobernado por estructuras abstractas del pensamiento. Para los fanáticos del Twitter, este libro es de obligada lectura.
