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En todos los gobiernos del mundo, de todos los colores políticos, siempre han gobernado y siempre gobernarán minorías selectas. La diferencia entre los gobiernos democráticos y los no democráticos no reside en el tamaño de la clase dirigente. En una democracia, el demos es al mismo tiempo gobernante y gobernado, porque existen normas y procedimientos preestablecidos que le dan la titularidad y el ejercicio de su poder. La titularidad le corresponde al pueblo, pero, dado el gran tamaño del demos, es imposible que todo el pueblo gobierne. Por eso, para que el ejercicio del poder corresponda efectivamente a su titular, se requieren los votos de los ciudadanos bajo la regla de la mayoría y, de esa forma, el demos decide quién decide. Por esta razón, la democracia moderna se define como democracia representativa. En segundo lugar, en una democracia esa minoría que gobierna no puede hacer lo que quiere, pues su poder está limitado, tanto en el tiempo como en el espacio. En particular, no puede infringir los derechos fundamentales de las minorías que perdieron las elecciones y por esa razón se afirma que en una democracia las Constituciones son contramayoritarias. Así, a las democracias modernas, además de representativas, se las llama también democracias liberales. En tercer lugar, en una democracia representativa moderna existen diferentes partidos o grupos políticos, cada uno de ellos comandado por sus propios liderazgos, que compiten por las preferencias del demos y se suceden en el tiempo para gobernar, de acuerdo con las decisiones del demos. Por esta última razón se argumenta que, más que democracias, los sistemas modernos de gobierno se deberían definir como policracias.
Los sistemas no democráticos de gobierno, como las autocracias, los regímenes totalitarios y las dictaduras, también son gobernados por minorías numéricas, pero son sistemas de poder opresores porque no cumplen todas o algunas de las anteriores condiciones: no tienen representatividad, no enfrentan restricciones al ejercicio del poder y no permiten la presencia de grupos o partidos de oposición.
Los que, entusiasmados por las marchas callejeras, las muchedumbres de las plazas y las manifestaciones de las últimas semanas, argumentan que la verdadera democracia se materializa en la calle o en la plaza, sin intermediarios ni representantes, deberían ser más conscientes de lo que es y no es una democracia. Por las razones que hemos visto, la democracia directa de la Antigüedad no es posible en Estados de amplias extensiones territoriales y de grandes poblaciones. Por supuesto, los que marchan y se reúnen en las plazas tienen todo el derecho a protestar, si lo hacen pacíficamente. Pero se equivocan si creen que esas congregaciones representan legítimamente a todo el pueblo, porque los convocados son una pequeñísima minoría, mientras la gran mayoría del demos está ausente. En las democracias modernas existen, por supuesto, mecanismos de consulta directa, como el referendo, el plebiscito o la consulta popular, pero solo para decidir temas muy específicos. Por otra parte, a los grupos de activistas que están acudiendo al bloqueo y a la violencia, que afortunadamente no son la mayoría de quienes protestan, debemos recordarles no solo que con esas acciones están violando derechos fundamentales de las mayorías que no protestan, sino que, contrario a la democracia que reclaman, sus acciones son las mismas que utilizaron el fascismo y el leninismo para imponer sus regímenes de poder opresor.
