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NO RECUERDO BIEN DÓNDE CONOCÍ a Margarita Mora.
Pudo haber sido en la universidad, o en la buseta que tomábamos en la avenida 28, o en alguna fiesta en el apartamento de amigos comunes. Nacida en Barranquilla, de madre sincelejana, Margarita vivió en Bogotá desde muy joven y estudió Ingeniería de Sistemas en la Universidad de los Andes. Era muy inteligente, muy buena persona y no podía pasar desapercibida por su hermosura. Alta y apuesta, de ojos grandes, negros e inquietantes; un pelo igualmente negro y largo, Margarita era una mujer extremadamente atractiva. En la universidad, la recuerdo siempre rodeada de muchos pretendientes y amigos. Nos volvimos amigos después de que me pidiera que le explicara una materia que llamábamos Descriptiva. Así, la comencé a visitar en su casa de la Avenida 28, en frente de la iglesia de San Alfonso María de Ligorio. Salíamos a comprar almojábanas en la Automática o dulces en El Cherry, y tomábamos juntos la buseta para la universidad. Al poco tiempo, comenzamos a ir a fiestas, a comer y a tomar una bebida en algún lugar del Parkway. Hasta que, viendo el rumbo que podía tomar nuestra amistad, con su inteligencia, suavemente y con tino, me apartó de su camino.
Salidos de la universidad, nuestra amistad se evaporó muy pronto y no la volví a ver jamás. Por amigos comunes, continué teniendo noticias de ella, pero cada vez más espaciadas. Trabajó siempre en multinacionales petroleras, en Esso Colombiana, en Petrobrás y en una empresa española. Se casó muy joven y fue mamá muy joven. Como su hija se casó también muy joven, a una temprana edad Margarita fue abuela de dos nietas. Se separó al poco tiempo de casarse y combinó su carrera profesional de ingeniera de sistemas con una vinculación muy activa en un grupo cristiano militante que, según algunos, la tornaron un poco intensa. Pero en lo que todos coincidían era en que, ya abuela y aproximándose a los cincuenta, su belleza permanecía intacta y, quizá, la serenidad que había alcanzado con los años hacía aún más inquietante su mirada con esos ojazos negros. Aseguran que, quienes la acababan de conocer, no le ponían más de treinta. Y, desde hacía varios años, se había vuelto incondicional del Carnaval de Barranquilla, su ciudad natal, adonde viajaba desde una semana antes con su disfraz de “monocuco”.
Cuando vi su foto en la prensa, fue imposible no recordar la época de la universidad, en la que nuestra amistad fue más estrecha y recordé también el verso de Robert Frost: I should be telling this with a sigh/somewhere ages and ages hence: Two roads diverged in a wood, and I—I took the one less traveled by/and that made all the difference. Porque siempre pensé que, en algún aeropuerto o en una librería, o en cualquier parte, la volvería a ver y podríamos charlar y reírnos de esos tiempos alegres, ilusos y despreocupados que transcurrieron entre la universidad, la Avenida 28 y el Parkway. A todos los que fuimos sus amigos, se nos hace un nudo en la garganta saber que eso ya no será posible. El martes 27 de enero de 2009, pasadas las nueve de la noche, Margarita fue asesinada por el estallido de una bomba, colocada en un cajero junto al Blockbuster de la calle ochenta y dos con carrera novena. Venía de tomar clases de inglés e iba, de paso para su casa, a darles el beso de las buenas noches a sus nietecitas y a su hija Laura, quien espera otro bebé.
