Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Preocupa mucho el deterioro de la calidad de vida en Bogotá.
Es increíble cómo cada vez se necesita más tiempo para desplazarse y los trancones aumentan día a día.
Los ánimos en la calle están ardidos y los conductores, en medio se su desesperación, ya no respetan las reglas mínimas de cortesía y no ceden el paso, se detienen cuando quieren, insultan a todo el mundo y no pueden más que quejarse en sus adentros.
La ley de la selva se está imponiendo, y revertir esa situación va a ser muy difícil.
Las luces de los semáforos se van extinguiendo, poco a poco, hasta el punto de que en varios cruces toca adivinar quién tiene la vía.
Si hay un accidente o un varado, toca esperar largo tiempo para restablecer el tráfico, y mientras tanto, el Alcalde está en Biarritz. Y no lo podemos llamar para explicarle la situación, porque las líneas telefónicas permanecen dañadas, al menos por los lados de mi oficina, dicen que por obsoletas.
Lo grave es que no hay ni un plan ni un modelo de ciudad. No se ha decidido si se va a impulsar la expansión de Bogotá hacia las afueras o se va a promover el crecimiento en el perímetro actual. No se sabe qué va a pasar con la séptima, si vamos a tener un plan integrado de transporte, si se va a promover o desincentivar el uso del carro, si el espacio público se va a respetar, si la cultura ciudadana que se había ganado con tanto esfuerzo se va a fomentar, o si nos van a obligar con autoridad a respetar las normas. La ciudad marcha por inercia, sin un líder que oriente sus destinos.
Y como si fuera poco, en medio de esta crisis, los medios informan que un grupo quiere tomarse la Cámara de Comercio, una entidad respetable, hasta ahora alejada del mundo politiquero, que ha hecho un muy buen trabajo por la ciudad.
Todo esto sucede mientras en el mundo las administraciones responsables piensan en cómo hacer a sus regiones y ciudades más competitivas, en brindar condiciones óptimas para los negocios y prestar servicios de primer nivel para atraer inversiones y generar empleo.
Pero en Bogotá, vamos en contravía. Muy grave.
