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De Napoleón III a Bad Bunny

Santiago Vargas Acebedo

14 de febrero de 2026 - 12:04 a. m.
"Bad Bunny se valió nada más y nada menos que del arma más letal de la cultura sajona: la industria del entretenimiento" - Santiago Vargas
Foto: EFE - CHRIS TORRES

La palabra “Latinoamérica” arrastra una larga y peculiar historia. Aparece por primera vez a mediados del siglo XIX en las crónicas de viaje del economista francés Michel Chevalier. Pero fue en Napoleón III que la palabra encontró a su mejor aliado. Por aquel entonces, Europa observaba con cautela el ascenso de una nueva potencia global, Estados Unidos, impulsada por una industrialización acelerada y los valores liberales de la Ilustración. Tanto Estados Unidos como el Segundo Imperio francés tenían los ojos puestos sobre Latinoamérica con miras a expandir sus esferas de dominio, controlar rutas comerciales y acceder a materias primas. De hecho, fue precisamente con la intención de contener la influencia europea en América que nació la famosa Doctrina Monroe, recientemente resucitada entre los muertos por Donald Trump. En el siglo XIX, en la batalla por controlar Latinoamérica, apelar a la latinidad le sirvió a Napoleón III para insistir en las afinidades culturales y lingüísticas entre los franceses y los territorios al sur de Estados Unidos. De manera que la palabra “Latinoamérica” se propagó inicialmente con el fin de avanzar los intereses imperiales de Napoleón III.

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A finales del siglo XIX y principios del XX, poetas y ensayistas latinoamericanos adoptaron la palabra para resaltar lo mucho que las raíces latinas los diferenciaban de sus vecinos anglosajones y oponerse así a las pretensiones imperiales norteamericanas. Según nos cuenta Carlos Granés en El delirio americano, escritores como José Martí, Rubén Darío, José Enrique Rodó y José Vasconcelos insistieron en la superioridad del espíritu latino, caracterizado por la sensualidad, la expresividad estética, la emotividad y el idealismo, en contraposición con el espíritu industrial, calculador, frío, burocrático e individualista de los sajones. Mejor dicho, como dice Bad Bunny, “les falta, sazón, batería y reggaetón”. Por lo tanto, la identidad latinoamericana, desde su génesis, se concibió a sí misma como la antítesis ⎯como el negativo fotográfico⎯ de la cultura sajona.

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Algunas décadas más tarde, ya bien entrado el siglo XX, Estados Unidos erigió uno de los aparatos de poder simbólico más impresionantes de la historia moderna: la industria del entretenimiento. Desde el principio, Hollywood se encargó de propagar imágenes estereotipadas del latinoamericano que, en la práctica, le apuntaban a proyectar la “superioridad” cultural del sajón. Bandoleros, narcotraficantes, hipersexualización, irracionalidad y, en general, caos son algunos de los estereotipos sobre Latinoamérica que Hollywood impregnó en el inconsciente colectivo norteamericano. Por supuesto, la representación estereotípicamente peyorativa de la latinoamericanidad llegó a su cúspide con la llegada de Trump al poder, quien parcialmente se hizo elegir difundiendo la fábula de un país asediado por inmigrantes latinos, y de otros lugares, que supuestamente habían llegado a enlodar la “pureza” de la cultura sajona.

Por supuesto, a lo largo de los años, han existido múltiples esfuerzos por contrarrestar esta imagen. Pero ninguno había tenido el alcance que tuvo Bad Bunny el domingo pasado durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl en California. Precisamente el inmenso poder de la hazaña de Bad Bunny se debe a que, para contrarrestar la tipificación peyorativa y estandarizada del latinoamericano, se valió nada más y nada menos que del arma más letal de la cultura sajona: la industria del entretenimiento. Por supuesto, muchos de los críticos del evento apelaron precisamente al lenguaje que, por décadas, han usado los sajones para invocar su supuesta “superioridad” cultural. El senador republicano Andy Ogles, por ejemplo, describió el evento como “una exhibición explícita de actos homosexuales, mujeres moviéndose provocativamente y Bad Bunny agarrándose descaradamente la entrepierna”. Si es cierto que eso es lo que Latinoamérica significa, como dijo un guitarrista con sombrero de pava al principio del espectáculo, “qué rico es ser latino”.

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Es, sin embargo, cierto que la imagen peyorativa del Latinoamérica ha sido, en gran medida, contrarrestada por un nuevo estereotipo: la representación idealizada y romantizada del latino. Pero esta es una historia para otro día.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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