En su discurso de posesión, Abelardo de la Espriella dijo: “mi gobierno librará la batalla cultural para recuperar el valor de la familia”. Y no es casualidad: una de las promesas principales de la batalla cultural que libran las nuevas derechas contra el liberalismo es precisamente la de restaurar la función estructural de la familia en la sociedad. Pero, pese a lo mucho que han cambiado las costumbres en estos extraños tiempos modernos, la verdad es que la familia no ha dejado de funcionar como núcleo social. Tanto así que la propia Constitución de Colombia dice en el Artículo 42: “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad. Se constituye por vínculos naturales o jurídicos, por la decisión libre de un hombre y una mujer de contraer matrimonio”. Un artículo que, por cierto, a toda sociedad verdaderamente democrática le corresponde derogar. De lo contrario, la promesa de libre desarrollo de la personalidad no dejará de ser una quimera.
Defender la consagración de la familia como institución básica de la sociedad es incompatible con el principio de libertad que, paradójicamente, las nuevas derechas dicen abanderar. Pero esto no debería extrañarnos. En últimas, la única libertad que siempre les ha interesado a las nuevas derechas ⎯al menos en el plano cultural⎯ es la de imponer su propia visión del mundo como mandato. En términos generales, se valen de dos argumentos principales para insistir en el rol estructural de la familia. Pero ambos argumentos dejan al descubierto la irreconciliable tensión que existe entre la familia como núcleo social y la libertad.
El primer argumento es la tradición. Es decir, las nuevas derechas sostienen que la familia tiene que servir como pilar social por tratarse de una práctica milenaria. Pero, en una sociedad democrática, la tradición no es argumento de peso. La esclavitud también es una práctica milenaria y no por eso merece ser preservada. Además, de lo que se tratan las sociedades democráticas es del derecho de todas las personas a trazar su propio camino independientemente de lo que dicte la tradición. No en vano, Kant, en ¿Qué es Ilustración?, señala que la aceptación acrítica de la tradición erosiona el ejercicio de la razón. De manera que la tradición no es un argumento legítimo en defensa de la familia.
El segundo argumento sostiene que la familia es la forma natural de organizarse del ser humano. Pero nada más alejado de la realidad. Es cierto que el origen de la familia en la historia de la humanidad es más motivo de disenso que de consenso en los debates académicos. Según Lévi-Strauss, la familia nace, en parte, de las alianzas motivadas por la prohibición del incesto. Según Blaffer Hrdy, la familia se origina en la crianza cooperativa de los niños. Según Engels, la versión monógama de la familia, aún vigente, surge con la invención de la propiedad privada y la voluntad del patriarca de asegurar herederos legítimos. Pero, pese a las diferencias, quizás en lo único en lo que se pondría de acuerdo la mayoría es en que la familia no es una condición natural del ser humano sino tan solo una forma de organización social que nos inventamos en un momento específico de la historia. Por eso, invocar la naturaleza humana para justificar el rol estructural de la familia es un problema de imprecisión histórica.
La familia es, en esencia, un núcleo jerárquico, económico y social, estructurado a través de la exclusividad sexual, reproductiva y romántica. De ahí que organizar las sociedades alrededor de la familia como núcleo vaya en contravía con el principio de libertad. Por cierto, el planteamiento posmoderno de extender el concepto de familia a otros grupos, como las parejas del mismo sexo, tampoco es una solución convincente. En la práctica, esto nos convierte a los grupos que no nos organizamos alrededor de la reproducción en poco más que copias platónicas de la familia heterosexual, forjando una relación jerárquica entre copia y original.
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