Es quizás inevitable que en una sociedad existan élites ⎯es decir, pequeños grupos de ciudadanos que, a pesar de su tamaño, ejercen poder sobre la mayoría de la población o, en palabras del sociólogo italiano Gaetano Mosca, minorías organizadas que gobiernan sobre las mayorías desorganizadas. Incluso, en las sociedades en las que los medios de producción llegan a ser de propiedad colectiva, como plantea la tesis fundacional del comunismo, el poder eventualmente termina en manos de una minoría organizada. A fin de cuentas, la sociedad sin clases que Marx pronosticó llegaría al final de la historia parece cada vez más inalcanzable.
Por eso, el problema no es que existan élites. Mejor dicho, el de las élites no es un pecado original. El problema es el estado de indignidad al que las minorías organizadas tienen sometidas a las mayorías desorganizadas. El problema es que el principio fundamental de la configuración de las élites siga siendo no la meritocracia sino la perpetuación de inequidades históricas. El problema es que, con tanta frecuencia, el motivo de la organización política entre las élites no sea el bien común sino la reproducción compulsiva de su privilegio. Por eso, el de las élites es, más bien, un pecado capital: la avaricia.
Es cierto que la palabra élites abarca esferas tan heterogéneas como la economía, la cultura y la política que no necesariamente están controladas por un solo grupo. De hecho, la relación entre élites suele ser más bien en clave de conflicto que de consenso. En Colombia, tan solo en la esfera política, la historia ha estado más marcada por la fragmentación y la competencia entre élites que por la organización coordinada. Por supuesto, han existido numerosos excepciones a esta confrontación ⎯es decir, puntos de inflexión en los que facciones antagónicas de las élites se han visto forzadas a pactar acuerdos para defender sus intereses. De ahí que la historia política colombiana se haya caracterizado por una constante sucesión de fragmentaciones y reconciliaciones entre élites.
Durante más de un siglo, esta fragmentación giró en torno al bipartidismo. Es decir, fue una fragmentación de tinte ideológico, inspirada en doctrinas importadas desde epicentros intelectuales europeos ⎯como el liberalismo y el conservatismo, ambos de origen británico⎯ que ocasionaron disputas alrededor de temas como el centralismo y la secularización. Esta fragmentación bipartidista se cerró para contener la amenaza de Rojas Pinilla, dando origen a uno de los más trascendentales pactos entre élites: el Frente Nacional. Esto a pesar de que el golpe de Estado fue producto de una confrontación entre esas mismas élites, teniendo en cuenta que Rojas originalmente recibió el apoyo de liberales y conservadores como Ospina Pérez con miras a relevar a Laureano Gómez. Otro ejemplo de un cese a la confrontación elitista para custodiar lo propio fue el Pacto de Chicoral, liderado por Misael Pastrana para sabotear el reformismo agrario impulsado por Carlos Lleras. En el 2002, las élites políticas saldaron una vez más sus diferencias para cerrar filas en torno a la figura de Uribe, un consenso que se quebró ocho años después, cuando Santos le apostó a una salida negociada del conflicto, ocasionando un enfrentamiento entre lo que William Ospina, en este mismo diario, llamó “la vieja élite bogotana” y una élite regional.
Pues bien, todo parece indicar que la llegada de Gustavo Petro al poder puso fin a esta confrontación, provocando un nuevo ciclo de reconciliación entre las élites, en esta caso, para frenar a la izquierda. Esto no quiere decir que la izquierda sea un movimiento estrictamente popular, despojado de élites. De hecho, en la historia colombiana, muchos de los más ambiciosos reformistas han surgido de las mismas entrañas elitistas ⎯e.g., López Pumarejo, Carlos Lleras y López Michelsen. Al fin y al cabo, entre las élites siempre hay quienes se rehúsan a reconocer los pactos entre los suyos a sabiendas de que, pese a estar disfrazados de eufemismos, están dirigidos a ponerle trabas al reformismo social.
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