Abelardo de la Espriella no parece haber llegado a la política empujado por una fuerte convicción ideológica, como Petro o Uribe. De la Espriella parece ser, más bien, de esos que terminaron en política de tanto haber adiestrado el viejo arte del oportunismo. Esto explicaría el que haya cambiado de opinión tan radicalmente en temas como la adopción igualitaria, los acuerdos de paz, la legalización de las drogas y hasta su propia fe. Y quizás precisamente por ser versado en oportunismo, De la Espriella supo construir meticulosamente una imagen de sí mismo alineada con la corriente ideológica que más réditos electorales parece estar dando a escala global: la derecha iliberal. Muchos de los rasgos del personaje con el que se presenta ante el electorado ⎯que a primera vista parecen producto de su propia espontaneidad ⎯son realmente plagios de algunos de los principales íconos de esta corriente ideológica.
De Bolsonaro, De la Espriella plagió la apropiación de símbolos nacionalistas y chauvinistas, como la camiseta de la selección brasileña. Esta estrategia, en últimas, les sirve para proclamarse como los únicos dignatarios de la identidad nacional y retratar a sus adversarios de izquierda como enemigos de la patria.
De Milei, De la Espriella adoptó el uso de tótems animales como mecanismo de comunicación simbólica: el león, en el caso de Milei, y el tigre, en el de Abelardo, dos animales que, por cierto, glorificamos única y exclusivamente por su carácter violento. A la larga, el uso de estos dos tótems es un reflejo de esa depravada obsesión masculina por recurrir a la violencia para fijar jerarquías. Por supuesto, también se trata de una exaltación del más fuerte de la jungla. Por eso, el tigre y el león son también símbolos de una complicidad con los poderosos, de un pacto tácito con “los de siempre”.
De Trump, De la Espriella aprendió a imitar el uso de la incorrección política ⎯como las referencias al tamaño del paquete⎯ para posar de auténtico ante las cámaras. En últimas, decir lo que en teoría no se puede decir es siempre una forma de escenificar autenticidad. Más aún, en el caso de Trump y De la Espriella, es igualmente síntoma de una nostalgia ⎯también depravada⎯ por tiempos en los que burlarse de las minorías era una forma de ascender peldaños sociales, de ser el más fuerte de la jungla.
De Bukele, De la Espriella replicó la transformación de la seguridad en un espectáculo cinematográfico. Y del salvadoreño también aprendió a emular un discurso de seguridad que promete no garantizar más libertades sino simplemente proteger a los “buenos” de los “malos”, una división de la nación en dos bandos moralmente antagónicos.
Por supuesto, ni De la Espriella ni los íconos que plagió representan un caso aislado, sino que son expresiones de un fenómeno global: la rebelión de la derecha contra las principales conquistas de las sociedades modernas. Me refiero, por ejemplo, al laicismo, entendido como la expulsión de la fe de los asuntos políticos, al liberalismo, entendido como un sistema político predicado sobre el libre desarrollo de la personalidad, y a la socialdemocracia, entendida como la obligación de los estados de garantizar un mínimo de dignidad a todos sus ciudadanos. Palabras más, palabras menos, De la Espriella y compañía son la encarnación de la guerra que la derecha iliberal libra contra la Ilustración.
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