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El teorema de Milei

Santiago Vargas Acebedo

01 de febrero de 2026 - 12:06 a. m.
“Además de autodestructivas, las ideas de Milei carecen de sentido”: Santiago Vargas Acebedo.
Foto: EFE - MATIAS MARTIN CAMPAYA

“Estoy aquí frente a ustedes para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto”, dijo la semana pasada el autoproclamado anarcocapitalista Javier Milei, ante la siempre dócil y servil audiencia del Foro Económico Mundial que se reúne anualmente en Davos. ¿A qué se refería Milei al decretar la muerte del filósofo florentino, casi 500 años después de que muriera por primera vez? Las declaraciones del mandatario argentino estuvieron, como de costumbre, llenas de imprecisiones y ambigüedades, las cuales, por lo mismo, han dado origen a todo tipo de especulaciones. Con todo y eso, la segunda muerte de Maquiavelo debe ser tomada en serio porque da fe de la visión del mundo propia del libertarismo —una corriente ideológica en auge a escala global desde que Robert Nozick publicó Anarquía, Estado y utopía en los años 70—.

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En tiempos de Maquiavelo, la filosofía política dominante dictaba que la política debía juzgarse a la luz de la palabra de Cristo. Es decir, gobernar bien significaba, en gran medida, gobernar conforme a la ética y las virtudes cristianas. Pero, para Maquiavelo, la política opera según una lógica propia y, por eso, debe ser siempre evaluada a partir de criterios puramente políticos —como la preservación del orden o la estabilidad del Estado— en lugar de religiosos o morales. De manera que la revolución que introduce Maquiavelo en la filosofía política radica en la defensa de la autonomía de la política. Y es precisamente a esto a lo que, 500 años después, se opone Milei.

Según dio a entender en Davos, Milei insiste en que hay un criterio ajeno a la política que debe reinar por encima de todos los otros: la eficiencia económica. Es decir, para Milei, la política solo tiene sentido si garantiza recursos de manera eficiente. Por supuesto, al quedar subordinada a la economía, la política pierde la autonomía que Maquiavelo le había concedido y es sobre esta base que Milei proclama su muerte. Lo que a primera vista parece un simple juego retórico, en realidad tiene repercusiones devastadoras para el ejercicio de la política. En la práctica, lo que esto significa es que la democracia, el multilateralismo y demás formas de organización política se justifican solo si velan por la eficiencia económica.

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A esto Milei añade: “A la hora de diseñar políticas públicas, el dilema entre eficiencia y justicia es falso”. Palabras más, palabras menos, según Milei, algo es justo solo en la medida en la que sea económicamente eficiente. O, mejor dicho, algo que es económicamente eficiente no puede ser injusto. Si aceptamos esta forma de ver el mundo, los monopolios, la concentración masiva de riqueza, el hambre, la desigualdad, la guerra, los genocidios y demás atrocidades encuentran justificación moral siempre que se comentan en nombre de la eficiencia. Incluso, la crisis climática se convierte en poco más que en un daño colateral so pretexto de la eficiencia.

En algo tiene razón Milei: el capitalismo es el sistema que ha demostrado la mayor capacidad de eficiencia. De ahí que el mandatario sostenga que “el capitalismo no sólo es más productivo, sino que además es el único sistema justo”. Pero la eficiencia del capital no ha llegado en vano. A la larga, el único responsable de la crisis climática es el capitalismo, amparado en el imperativo de la eficiencia. Por eso, la elevación de la eficiencia al rango de bien supremo, como sugiere Milei, no tiene otro futuro posible más que nuestra propia destrucción.

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Pero, además de autodestructivas, las ideas de Milei carecen de sentido. A la larga, un orden social solo tiene sentido en la medida en la que sirva a los seres humanos —no al revés—. Pero, al convertir la eficiencia en un fin en sí mismo, Milei pone a los seres humanos al servicio del orden social. Al hacerlo, el primer principio que resulta pisoteado es la libertad que Milei tanto alega defender.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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