¿Es usted de los que creen que una vida austera es un requisito para ser a la vez de izquierda y coherente? ¿Es usted de los primeros en señalar la incoherencia de los champagne socialists, como dicen los británicos, de los bourgeois bohème, como dicen los franceses, o de los comunistas del Chicó, como le decían antes a Enrique Santos? ¿Son ustedes de los que aplauden la supuesta coherencia de íconos de izquierda como Pepe Mujica o el propio papa Francisco por su vida austera? Si la respuesta a estas preguntas es afirmativa, lamento informarle que hace falta precisar tanto el significado de la política como el de la izquierda.
Empecemos por la política. La palabra política tiene raíces en el término griego polis. En la Antigua Grecia, la polis se refería a las ciudades-Estado, como Atenas o Esparta, que funcionaban como el equivalente de lo que en la modernidad llamamos Estado-nación. En últimas, la polis era lo que permitía hablar de un “nosotros”, de un grupo de ciudadanos que hacían parte de una misma comunidad política. No en vano decía Aristóteles que quien vivía fuera de la polis es porque era una bestia o un dios. Pero, sobre todo, la polis se refería a eso que le pertenece no a cada ciudadano de manera individual, como es la propiedad privada, sino a todos en conjunto; es decir, a lo público. Por eso, el propio Aristóteles definía la política como el arte de la organización de lo público. Todo esto para decir que la política no guarda relación alguna con la vida privada. De hecho, teniendo en cuanta que la política es sinónimo de lo público, hablar de una vida privada política es poco más que una contradicción retórica.
Teniendo esto en cuenta, la izquierda no es más que una posición acerca de cómo se debe organizar lo público. Por supuesto, la particular versión de lo público que defiende la izquierda ha cambiado significativamente a lo largo de la historia. Desde que nació en la Revolución Francesa, la izquierda ha servido para describir posturas tan diversas como el republicanismo, el comunismo, el socialismo democrático, la socialdemocracia y el progresismo. Hoy por hoy, desde el fin de la Guerra Fría, la izquierda se refiere al menos a dos posturas acerca de la organización de lo público: primero, a la tesis de que el Estado está en la obligación de garantizar un mínimo de dignidad humana allá donde el mercado no puede llegar y, segundo, a la defensa radical del libre desarrollo de la personalidad, el cual solo puede ser limitado cuando ponga en riesgo la libertad ajena. Naturalmente, este es un modelo de lo público que se puede defender con o sin vida austera. Llevar un estilo de vida austera quizás le pueda servir a los creyentes para congraciarse con este o aquel poder superior. Pero acá entre mortales la vida austera está relegada a la vida privada, no guarda relación alguna con la organización de lo público y, por eso, nada tiene que ver con la política.
De hecho, la tesis de que la izquierda exige un estilo de vida austera ha servido para apartar a muchos de esta posición política ⎯sobre todo a las franjas más privilegiadas de la sociedad⎯ por miedo a ser acusados de incoherentes a la hora de satisfacer sus más íntimos deseos sibaritas. Pero ya es hora de que las elites se pongan del lado de la justicia social y del bien común de la polis en lugar de anteponer casi que exclusivamente la maximización de su privilegio. Bien decía el más grande de todos los antiguos, como Marx llamaba a Aristóteles, que la política cuenta con el potencial de satisfacer el más noble de todos los fines: el bien de la comunidad. Mientras tanto, los griegos se inventaron una palabra precisamente para describir a quienes privilegiaban el desarrollo privado por encima del progreso público: “idiotas”.
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