La opinión pública lleva décadas usando la palabra “populismo” con tanta compulsión que ha terminado incluso por reducir su significado al absurdo. A la larga, las palabras ⎯como todo en este mundo impío⎯ también están sometidas a la tiránica ley de la oferta y la demanda: cuanto más circula una palabra, más se desploma su valor.
Desde hace ya tiempo que impera en la opinión pública la idea de que el populismo hace referencia a los políticos que privilegian lo popular por encima de lo técnico. Pero eso no se llama populismo sino demagogia; dos palabras que no son sinónimos. La demagogia se remonta a la Antigua Grecia. Mientras tanto, el populismo nace a finales del siglo XIX entre círculos de intelectuales rusos, conocidos como Naródnik, quienes pretendían movilizar al campesinado contra el régimen zarista. De manera casi simultánea, el fenómeno populista encontró a uno de sus mayores escuderos en Estados Unidos: The People’s Party, un partido integrado principalmente por movimientos obreros y campesinos que se organizaron para protestar contra los abusos de las élites financieras. De manera que la característica fundacional del populismo nunca fue la antitecnocracia sino más bien el antielitismo.
Ernesto Laclau, el filósofo por excelencia del populismo, sugiere que el populismo alude a la conformación de coaliciones entre diversos sectores populares que, valiéndose de la palabra pueblo, llegan a reconocerse como miembros de un mismo proyecto político tras identificar un adversario en común: las élites. Mejor dicho, el populismo se refiere a la formación de un sujeto político colectivo, apelando al concepto del pueblo en contraposición al de las élites.
Más aun, el populismo de izquierda y de derecha no son la misma cosa. Ese es un falso discurso que el centro político, tan mal acostumbrado a reducir la complejidad de todo, se ha empeñado en divulgar. El populismo de derecha parte de la concepción del pueblo en términos de pureza racial, étnica y cultural, mientras que el de izquierda establece un antagonismo político entre el pueblo y las élites. Es decir, para el populismo de derecha el antagonista prototípico del pueblo son los migrantes mientras que para el de izquierda son las élites. El uno necesariamente desemboca en chauvinismo, mientras que el otro cuenta con un potencial redentor.
Otra idea que, desde tiempo atrás, se ha instalado en la opinión pública sugiere que, para ganar elecciones, la izquierda tiene que forjar alianzas con sectores de centro o del establecimiento. Pero hoy la realidad es muy distinta. No son los pactos con el centro ni con el establecimiento lo que parece estar trayéndole mayores réditos electorales a la izquierda, sino el antielitismo ⎯es decir, el populismo entendido en un sentido no peyorativo de la palabra. El reciente triunfo del actual alcalde de Nueva York, por ejemplo, dio cuenta de que la fórmula más efectiva para enfrentar al populismo nacionalista de Trump no son los candidatos “moderados” como Kamala Harris sino los populistas de izquierda como Zohran Mamdani.
Por todo lo anterior, acierta Iván Cepeda con su elección de Aída Quilcué como fórmula vicepresidencial, una dirigente indígena que fue víctima de la violencia estatal en tiempos de Uribe. A Cepeda se la reprocha por no haber hecho lo mismo que hicieron sus dos principales rivales, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, con la elección de su fórmula vicepresidencial: montar un falso teatro de la moderación ⎯un teatro en el que Restrepo y Oviedo no son más que cómplices actores de reparto. Mientras tanto, lo que logra Cepeda de la mano de Quilcué es consolidar la narrativa de una elección disputada entre el pueblo y el establecimiento. Esta es una estrategia que permite, como hizo hace cuatro años Petro, la conformación de una coalición de sectores marginados, agrupados alrededor de la palabra pueblo, no para llevar al establecimiento a las ruinas, sino para exigir una más que legitima inclusión en la distribución del poder político.
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