El primero de los grandes filósofos en estudiar a fondo el resentimiento fue Nietzsche. En La genealogía de la moral, Nietzsche traza la genealogía de dos sistemas morales antagónicos: la moral del amo y la del esclavo. La moral del amo surge entre los grupos sociales dominantes y suele enaltecer valores asociados al poder, la nobleza (en el sentido aristocrático de la palabra) y la grandeza. Mientras tanto, la moral del esclavo germina entre los grupos sociales oprimidos y tiende a exaltar valores como la humildad, la compasión y la igualdad. Como estos últimos son valores que se forman en respuesta a la subordinación, Nietzsche plantea que la moral del esclavo nace del resentimiento.
Sumado a esto, Nietzsche mantiene que, por vía del cristianismo, valores como la humildad y la compasión se han vuelto dominantes y, por eso, concluye que, al menos en Occidente, ha triunfado la moral del esclavo. Por supuesto, para él, esto es todo menos motivo de celebración. Al contrario, insiste en que la prevalencia de la moral del esclavo nos ha llevado a interiorizar una disposición psicológica débil y obediente, a la vez que ha desarrollado en nosotros una tendencia hacia el igualitarismo ⎯que tanto despreciaba⎯ instalando eso que él llama una moral de rebaño. No en vano Nietzsche era un pensador que desdeñaba la democracia por su dimensión igualitaria. De hecho, sugiere que los valores democráticos son una expresión del triunfo de la moral del esclavo, catapultada por el resentimiento. A la larga, el desdén que sentía Nietzsche por el resentimiento es un reflejo de su tendencia antidemocrática, su idealización de la fortaleza y su predilección por las jerarquías humanas.
Aunque el término resentimiento es, por algunos siglos, anterior a Nietzsche, sí le debemos, en gran medida, la connotación actual de la palabra, vinculada a una disposición moral que surge como respuesta a la dominación. A más de 100 años de la muerte del filósofo prusiano, el resentimiento se ha convertido en una palabra que aparece una y otra vez en el debate público y con particular ímpetu en temporadas electorales. Cada vez que un actor político iza las banderas de la justicia social, resaltando asimetrías estructurales, se le trata de resentido. El propio Juan Gabriel Vázquez, en su columna de El País, acaba de acusar a la izquierda de haber convertido el resentimiento en política de Estado. En últimas, acusar a alguien de resentido lleva implícito el reproche de que sus reclamos no están motivados por la justicia social sino por la envidia de no pertenecer al reacio y endogámico combo de las élites. Por eso, lanzar una acusación de resentimiento es realmente una estrategia para deslegitimar los llamados a la justicia social.
Desde luego, erosionar la legitimidad de quien reclama justicia social no es más que un esfuerzo por preservar el actual estado de las cosas. Mejor dicho, llamar a alguien resentido es, ante todo, una defensa del status quo, una apología del presente, una diatriba contra el reformismo. Más aún, defender el status quo necesariamente parte de la presunción de que las jerarquías sociales que en cada sociedad imperan son producto del mérito y no de la reproducción de inequidades históricas. Es decir, lo que esconde una acusación de resentimiento es siempre una fe ciega en la justicia del privilegio.
De manera que apuntar el dedo y pronunciar la palabra “resentido” es una forma de aliarse con los privilegiados; una glorificación del poder por encima de la compasión y de las jerarquías humanas por encima de la igualdad; una exaltación de la moral del amo. Por eso, el problema no es el talante supuestamente envidioso de quien es acusado de resentido sino el espíritu antidemocrático de quien lanza la acusación. Peor aún, llamar a alguien resentido en el tercer país más desigual del mundo, según el más reciente informe del Banco Mundial, es simplemente vil y cruel cinismo.