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¿La derecha es el nuevo punk?

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Santiago Vargas Acebedo
21 de febrero de 2026 - 05:05 a. m.
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El origen del punk es objeto de controversia. Algunos aseguran que nació en una calle de Londres, el día en el que Malcolm McLaren vio a Johnny Rotten con una camiseta que decía “Odio a Pink Floyd”. Al día siguiente McLaren le propuso a Rotten que se convirtiera en el vocalista principal de su banda, The Sex Pistols. Otros sostienen que, para entonces, el punk ya llevaba años floreciendo en Estados Unidos y que fueron los The Ramones no solo quienes definieron el formato musical del género sino también quienes lo llevaron a Inglaterra con su legendario concierto del 76 en el Roundhouse del barrio Camden, el cual dio un vuelco a la historia del rock. Hay, incluso, quienes sitúan el origen del punk antes de los 70, con el surgimiento de bandas como The Stooges, MC5 y hasta la banda peruana Los Saicos que, en el 66, cantaba: “Echemos abajo la estación del tren/ Demoler, demoler, demoler, demoler”.

La palabra punk es, por supuesto, mucho anterior al género. Ya en el siglo XVII, Shakespeare empleaba la palabra punk como sinónimo de prostituta. Al parecer, el primero en usar la palabra con connotaciones musicales fue el poeta y vocalista de la banda The Fugs, Ed Sanders, en una columna del Chicago Tribune de 1970. Algunos meses después, el crítico musical Lester Bangs acudió a la palabra punk en la revista Creem para describir la energía cruda y agresiva del apodado padrino del punk, Iggy Pop.

En lo que sí se pondría la mayoría de acuerdo es en que el punk, mucho más que un género musical o una poética visual, es un movimiento contracultural caracterizado por un espíritu anti-establecimiento que surge como respuesta al colapso de la economía industrial en los años 70. El coro de London Calling de The Clash captura bien la ansiedad posindustrial en la que surge el punk: “Engines stop runnin’, but I have no fear/ Cause London is drownin’ and I live by the river”. El poeta Keith Flynn define el espíritu del punk de la siguiente manera: “Cuando el sistema grita ‘¡Respetabilidad!’, nosotros levantamos el dedo medio”. Kurt Cobain, por su parte, sugiere que “el punk rock significa libertad”. O como dice una canción de la legendaria banda californiana Dead Kennedys: “El punk no es un culto religioso/ El punk significa pensar por uno mismo”. Una consigna que, por cierto, expone el carácter kantiano del punk.

Precisamente por el carácter antisistema y contracultural del género, muchos miembros de la derecha neofascista en auge a escala global ⎯representada en movimientos como MAGA, Vox, Reform UK y la AfD⎯ han llegado a compararse con el punk. Incluso, el líder de Vox, Santiago Abscal, dijo recientemente: “La derecha es el nuevo punk”. El argumento básicamente consiste en que el establecimiento se ha vuelto woke ⎯como lo demuestra, por ejemplo, la llegada de la bandera queer a Starbucks⎯ y que, por lo tanto, la derecha representa la nueva expresión del anti-establecimiento. Más encima, sostienen que la derecha es el movimiento político que abandera la defensa de la libertad y, por eso, es quien mantiene vivo el espíritu del punk.

Pero semejantes alegaciones no podrían estar más erradas. A la larga, la nueva derecha es una postura política que reivindica valores tradicionales como el ultranacionalismo, la supremacía blanca y el androcentrismo. Por eso, la nueva derecha no es antisistema, sino que es más bien el remanente de un sistema arcaico, represor y segregacionista que sigue en pie solo porque quienes más se benefician de él se rehúsan a dejarlo morir. Por lo demás, la única libertad que defiende la nueva derecha es la libertad corporativa de monopolizar, en las manos de unos pocos, los medios de producción. Y la reducción de la libertad al corporativismo no sólo es un insulto contra el espíritu del punk, sino precisamente una de las características del orden social que el punk tanto pretendió subvertir.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Santiago Vargas Acebedo

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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