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La masculinidad de Abelardo de la Espriella

Santiago Vargas Acebedo

13 de junio de 2026 - 12:06 a. m.

Fue Judith Butler quien nos enseñó que el género no es una identidad estable que las personas simplemente poseen. Al contrario, el género se constituye a través de lo que Butler llama “una repetición estilizada de actos”, es decir prácticas corporales como gestos, formas de hablar, de moverse, de vestirse y demás. Mejor dicho, el género tiene una naturaleza esencialmente performativa.

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A simple vista, parece haber una contradicción en el performance de masculinidad que Abelardo de la Espriella ha puesto en escena. Por un lado, exhibe una masculinidad tosca y agresiva; por el otro, una vanidosa, delicada y orientada hacia el autocuidado. ¿Qué se esconde tras el telón de esta aparente contradicción? ¿Un montaje, una incoherencia o nada más que la volatilidad de la condición humana? Vale la pena poner esta aparente contradicción bajo la lupa para hacernos una mejor idea del abogado que aspira a gobernarnos. Así que, ¡la virilidad de Abelardo al diván!

La masculinidad que proyecta De la Espriella ante el electorado tiene dos caras. A la primera la conocemos de sobra, pues pertenece a una tradición que recorre, desde hace siglos, el inconsciente colectivo de las sociedades occidentales. Parte de la concepción del ideal masculino a través de la violencia; mejor dicho, asume una relación directamente proporcional entre la violencia y la virilidad⎯cuanto más violento más macho. No en vano las armas funcionan como símbolos paradigmáticos de este tipo de masculinidad. En De la Espriella, esto se refleja, por ejemplo, en las numerosas referencias a los “cojones” y los “pantalones” como metáforas de mano dura en materia de seguridad, en la violencia del ícono que acogió como símbolo⎯el tigre⎯y hasta en declaraciones como “por la razón o por la fuerza” o “Yo, Abelardo de la Espriella, me hubiera armado…antes de dejarme humillar”.

Más aún, esta es una versión de la masculinidad que se considera a sí misma no solo el polo opuesto de la feminidad, sino sobre todo su versión superior. No es fortuito que en el discurso de De la Espriella impere una nostalgia por tiempos en los que la dominación masculina era motivo de consenso. Hace no mucho, por ejemplo, dijo: “las mujeres, simple y sencillamente, tienen que ocupar el lugar que les corresponde”. En otra ocasión dijo: “uno no puede nunca enfrentarse en ninguna discusión con una mujer, porque si uno se enfrenta en una discusión con una mujer, siempre pierde”⎯dando a entender que no parte de la concepción de la mujer en tanto agente capaz de interlocución racional. Se trata, mejor dicho, de una versión de la masculinidad cimentada en una división jerárquica de género.

Mientras tanto, la segunda cara de la masculinidad abelardista da la impresión de ser exactamente contraria. La barba cuidadosamente delineada, los pantalones meticulosamente entubados y marcas sistemáticamente seleccionadas dan cuenta de una masculinidad que, en lugar de ser tosca y agresiva, se fundamenta en la vanidad y la atención al ornamento; valores que en el prejuicioso imaginario público⎯aunque no siempre fue así⎯tienden a estar más asociados con la feminidad. Sin embargo, como bien nos enseñó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, el culto a la imagen y la exaltación de las marcas, tan frecuentes en el personaje con el que De la Espriella se presenta ante el público, suelen funcionar como estrategia de las elites para diferenciarse de las masas; es decir, para proyectar superioridad estética sobre el grueso de la población. Por eso, la segunda cara de la masculinidad abelardista parece originarse en la misma intención que la primera: la de fijar jerarquías⎯no de género, en este caso, sino de clase.

De manera que, aunque parecen antagónicas, las dos caras de la masculinidad que Abelardo proyecta tienen, en realidad, el mismo propósito: servir como dispositivos performativos orientados a estabilizar jerarquías sociales. Y la exaltación de las jerarquías es siempre producto de una predilección por la dominación, en lugar de la democracia, como principio rector de la organización social.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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