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Los desastres naturales convertidos en espectáculo

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Santiago Vargas Acebedo
15 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
“Videos con música trágica (...) Como si necesitáramos que nos recordaran que lo que vemos es, en efecto, una tragedia”: Santiago Vargas
“Videos con música trágica (...) Como si necesitáramos que nos recordaran que lo que vemos es, en efecto, una tragedia”: Santiago Vargas
Foto: Nicolás Achury González
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Los desastres naturales son tan viejos que son más viejos incluso que las palabras que usamos para nombrarlos. Pero hay algo que los hace diferentes en estos cada vez más delirantes tiempos modernos. De entrada, son cada vez más trágicos ⎯y lo digo a sabiendas de que puedo estar padeciendo la enfermedad moderna de romantizar en exceso el pasado–. Pero lo cierto es que entre más avanza la civilización ⎯sin necesariamente progresar⎯ más catastróficos son los efectos de sus anomalías. Entre más sofisticada, más frágil; entre más crece, más fuerte cae.

Pero hay otro rasgo de la manera como hoy vivimos los desastres naturales que no tiene precedentes en la historia. Me refiero, por supuesto, a nuestra forma de transmitirlos: las redes sociales. Por estos días, circulan en redes cientos de videos del desastre natural más mortal que ha ocurrido en Colombia en los últimos 25 años: un terremoto de magnitud 7,4. Videos de ciudades enteras destruidas, hospitales y templos reducidos a moronas, edificios colapsándose encima de personas escapando desesperadamente de la tragedia, cuerpos con vida y sin vida brotando de los escombros, gritos de desespero y súplicas de misericordia a un Dios cada vez más sordo o cada vez más cruel.

Lo que hace todo aún más sórdido es que estos videos nos llegan alternados entre fotos de vacaciones, chistes, coreografías, recetas, imágenes eróticas, anuncios y demás contenido que consumimos a diario: el manantial moderno de la banalización. Pero una de las cosas que más me ha llamado la atención sobre estos videos ha sido el fervor con el que muchos se aferran a su celular, batallando al mismo tiempo por la vida y por documentar la catástrofe. Como si el instinto humano se preocupara en paralelo por sobrevivir la tragedia y por transmitirla; vivir para contarla, la prueba más contundente de nuestra naturaleza narrativa, eso que Walter Fisher llama Homo narrans. Esos videos eran luego reeditados y publicados por portales de noticias digitales ⎯tantos que ya es imposible seguirles el paso⎯ acompañados de canciones trágicas que fungían como la banda sonora de la catástrofe. Como si necesitáramos que la música nos recordara que lo que estábamos viendo era, en efecto, una tragedia; como si necesitáramos que el desastre se pareciera al cine para digerirlo; como si necesitáramos que la vida se pareciera al arte para entenderla. Los desastres naturales adornados con los recursos del arte para que funcionen como productos de consumo.

Lo más alucinante es lo mucho que estas imágenes se parecen a las escenas de nuestra propia destrucción que lleva años mostrándonos el cine. Tanto hemos adiestrado el inquietante arte del entretenimiento que hemos terminado hasta por convertir la catástrofe en espectáculo. De hecho, que la realidad se parezca tanto a esas escenas es parte de lo que significa la tragedia. La tragedia como género literario, originado presuntamente en rituales en honor a Dionisio, es, según Aristóteles, la imitación de una acción. Y la tragedia como género de la realidad misma ⎯como la que vivió el país esta semana⎯ es también una imitación. Pero, en este caso, es la realidad la que imita al arte y no al contrario. Mejor dicho, la tragedia es cuando la realidad se parece a las imágenes de nuestra propia destrucción. Primero viene el arte y después la vida; primero viene el símbolo y después la realidad; primero viene la idea de la catástrofe y después la catástrofe misma.

La tragedia clásica, por lo general, retrataba un conflicto entre el individuo y una fuerza superior como los dioses o el destino. Del mismo modo, la tragedia de este mundo obedece a que los dioses, en complot con unos dirigentes humanos, abandonaron una vez más a los mismos de siempre. Faltaba más, mientras el mundo siga desamparado por los dioses, no nos quedará más remedio que seguir documentando la tragedia y transformándola en espectáculo para pasar las horas.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Santiago Vargas Acebedo

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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