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Fue Francia Márquez, durante las elecciones del 22, quien puso el concepto de los nadie en el centro de la discusión pública. Según el poeta Eduardo Galeano, de quien Francia toma prestado el concepto, los nadie son: “los hijos de nadie, / los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, / corriendo la liebre, muriendo la vida, / jodidos, rejodidos”. En últimas, con la idea de los nadie, Galeano llama la atención sobre las implicaciones que tiene la exclusión social para la posibilidad misma de ‘ser’. Estar rejodido es, mejor dicho, también una forma de convertirse en nadie, de dejar de ser.
El concepto de los nadie es exactamente contrario a lo que se refiere esa vieja expresión: “hay que ‘ser’ alguien la vida”. Tanto esta expresión como la idea de los ‘nadie’ dan fe de la existencia de dos formas distintas de ser: por un lado, se ‘es’ en un sentido biológico por virtud de nuestra propia condición humana y, por el otro, se ‘es’ en un sentido social por virtud de los roles que la sociedad que habitamos nos permite ocupar. Ser, mejor dicho, no solo se refiere a existir sino también a ser de los ungidos entre las masas, de los investidos entre el tumulto, de las élites entre la plebe. Es precisamente a resaltar estas dos formas de ‘ser’ que le apunta Galeano cuando dice que los nadie “no son, aunque sean”.
Sobre esta base, Petro y Francia convirtieron a los nadie en el sujeto protagonista de su discurso político para formular una promesa de inclusión para la excluidos, de convertir en alguien a los nadie. Incluso, el concepto de los nadie le permitió a la izquierda forjar un nuevo sujeto político que agrupara a poblaciones tan disimiles como las comunidades indígenas y afrocolombianas, campesinos, sindicatos, colectivos feministas y demás. Es decir, fue precisamente acudiendo a la palabra ‘nadie’ que esta amplia gama de grupos pudo nombrar una experiencia de exclusión común y sentirse, así, parte de un mismo proyecto político.
Esta estrategia de la izquierda resultó tan efectiva que hasta sus más férreos detractores parecen haber tomado nota. Cuatro años más tarde, Abelardo de la Espriella, el candidato más opcionado para disputarle la reelección a la izquierda, dice: “Así como existieron los nadie, también hoy con nosotros existen los nunca. Los que nunca nos hemos robado un peso de la plata pública; los que nunca hemos dejado de trabajar; los que nunca hemos pedido nada regalado; los que nunca hemos vivido del Estado…”
El concepto de los nunca se asemeja al de los nadie en un solo aspecto: ambos expresan un sentimiento antiestablecimiento. Pero, por lo demás, las dos palabras no podrían referirse a sujetos políticos más contrarios. Los nadie es un concepto que convierte a los excluidos en el sujeto por excelencia de la política. Mientras tanto, el de los nunca es un concepto que no hace más que reproducir el cliché del outsider-salvador y el peligroso mito según el cual enriquecerse en la esfera privada es un requisito suficiente para ejercer la política con destreza. Además, en el caso de Abelardo, la idea de los nunca es abiertamente falaz. A la larga, detrás del escenario en el que Abelardo monta el teatro de los nunca, yacen muchos de los de siempre, como lo son los Char, la dinastía Gómez y parte de Cambio Radical.
Por eso, mientras que apelar a los nadie es un mecanismo lingüístico para demandarle al establecimiento la inclusión de los excluidos, invocar a los nunca es izar la bandera del antiestablecimiento para dejar todo igual. En ese sentido, la alusión a los nunca por parte de Abelardo es una expresión más de lo que Walter Benjamin llamaba la estetización de la política, es decir, la transformación de los reclamos del pueblo en puro espectáculo con miras a distraerlo, sin alterar relaciones de opresión.
santiago.vargas.acebedo@gmail.com
