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El problema de los lugares comunes no es que sean autoevidentes; es, más bien, que los repetimos con tanta ansiedad que no nos queda tiempo ni para preguntarnos si realmente son ciertos. Por estos días, uno de los lugares comunes que más repiten ⎯como declamando un credo⎯ periodistas, opinadores, pensadores y políticos por igual es que, como país, “tenemos que unirnos”. Es más, no hay político que, en tiempos de elecciones, no se presente a sí mismo como el llamado a reconciliar la patria. De hecho, quizás no hay evidencia más contundente de que una idea llegó al clímax de lugar común que cuando se convierte en promesa de campaña de todos los sectores políticos. Pero, como suele pasar con los lugares comunes, la idea de que tenemos que unirnos es engañosa. En efecto, es la división, y no la unión, el valor que nos corresponde defender.
Y antes de que se exija para mí la hoguera, advierto: no defiendo la división para incitar a que nos odiemos entre facciones políticas ni mucho menos para convocar una guerra civil. Defiendo la división sólo porque es el valor supremo que las democracias están llamadas a proteger. Es más, las democracias sólo tienen sentido porque amparan el derecho a la división. Si de estar unidos se tratara, bien podríamos justificar, de una vez por todas, las tiranías. Por eso, lo único que realmente tiene que unirnos es el respeto a la libertad de estar divididos.
Lo cierto es que cada vez que alguien hace un llamado a la unión, la condición tácita es que sea alrededor de sus propias posiciones. Y quien se atreve a diferir es inmediatamente acusado de perturbar la unidad. De manera que el llamado a la unión, disfrazado con el eufemismo de la reconciliación, es realmente un llamado a la subordinación.
Más aún, las apelaciones a la unión olvidan que, tras siglos de matarnos los unos a los otros, lo único que podemos decir con certeza que hemos aprendido sobre nosotros mismos es que nunca vamos a ponernos de acuerdo. Mejor dicho, la única evidencia que tenemos acerca de la condición humana, aparte de la muerte, es que entre nosotros reina la pluralidad radical ⎯es decir, conflictos irreconciliables en torno a lo que creemos que el mundo es y debe ser. La muerte y la incompatibilidad fueron las dos únicas consignas que Dios dejó escritas en el libreto del teatro de la humanidad. Vaya uno a saber si es por castigo o por torpeza divina, pero seguimos atrapados en la Torre de Babel.
Pues bien, precisamente por la naturaleza irreconciliable de la condición humana es que las democracias son el único sistema moralmente posible en la Torre de Babel. Al fin y al cabo, tal y como lo sugiere el fenomenólogo francés Claude Lefort, la democracia es el único régimen político que no pretende eliminar el conflicto, sino tramitarlo a través de mecanismos institucionales, en lugar de perseguir la eliminación mutua. Por su parte, la filósofa bautizada postmarxista Chantal Mouffe sostiene que, una vez reconocida la inevitabilidad del conflicto, las condiciones mínimas para transitar de una política de enemigos a una de adversarios son dos: el respeto por las reglas de juego y el reconocimiento ⎯jurídico y discursivo⎯ del derecho a participar de todos los sectores políticos que las respeten. En torno a todo el resto, ¡bienvenida la división!
Por lo demás, si el vencedor del pasado domingo, Abelardo de la Espriella, tal y como lo prometió en campaña, toma las riendas del poder para perseguir a la izquierda, recortar fondos de la justicia transicional, reversar la reforma agraria, amenazar los derechos de las minorías, recortar el Estado en un 40 %, militarizar al país soslayando los derechos humanos o aislar a Colombia del sistema multilateral, lo que le corresponde al progresismo no es la unión, sino la oposición ⎯democrática, por supuesto, pero oposición a fin de cuentas.
