Trump, en la política, se ha ganado una reputación que nunca tuvo en el mundo del espectáculo: la de sincero. Y esta reputación parece haberse fortalecido recientemente cuando se convirtió en el primer mandatario norteamericano en invadir un país y admitir públicamente ⎯a diferencia de Eisenhower, Regan, los Bush y compañía⎯ que lo que lo motivaba era el petróleo. Pero si algo tenemos que haber aprendido hace rato es a desconfiar en la palabra de los magnates.
De hecho, el negocio del petróleo en Venezuela no parece ser tan jugoso como lo pinta Trump. Para empezar, según The New York Times, las principales petroleras norteamericanas no están muy convencidas de invertir en Venezuela porque no confían en la estabilidad política de un país del que fueron expulsados dos veces ⎯primero en los 70, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, y luego en los años 2000, cuando Chávez, en televisión nacional y posando como árbitro de fútbol, dio un pitazo y les dijo: “offside”. Más encima, las inversiones que se necesitan para recuperar la oxidada industria venezolana son billonarias y los retornos se proyectan a largo plazo. Todo esto en tiempos marcados por una transición energética liderada por China la cual, como hasta el propio Trump sabe, no tiene reversa. Como si fuera poco, de acuerdo con el Financial Times, el petróleo de la Franja del Orinoco, donde están la mayoría de las reservas petroleras venezolanas, es tan pesado que sale más costoso producir cada barril de lo que se paga en el mercado.
De manera que, si no es tan claro que el objetivo de Trump haya sido el petróleo, ¿por qué se tomó la molestia de plantearlo en esos términos durante aquella infame rueda de prensa? Si bien no nos queda más remedio que especular, se me ocurre la siguiente hipótesis. Uno de los eslóganes principales que catapultaron a Trump por segunda vez a la Casa Blanca fue “America First”. Este no es más que un eufemismo para referirse a la promesa de Trump de enfocarse en asuntos internos y mantenerse alejado de conflictos extranjeros. Sin embargo, desde que el magnate volvió al poder, ha hecho exactamente lo contrario. En tan solo un año, bombardeó las instalaciones nucleares de Irán, impulsó un acuerdo de paz en la Franja de Gaza hecho a imagen y semejanza de las exigencias de Netanyahu, sirvió de mediador entre India y Pakistán, lleva meses insistiéndole a Zelensky que acepte un acuerdo que no hace más que complacer a Putin y acaba de comandar la detención de Maduro. Todo esto, según reflejan algunas encuestas, tiene descontentos a muchos de sus electores. De modo que es posible que la narrativa del petróleo no sea más que una estrategia discursiva para alegar que la captura de Maduro satisface los interés económicos norteamericanos y hacerla encajar la dentro del eslogan “America First”.
Pero, de ser esto cierto, la pregunta que queda en el aire es: ¿entonces por qué carajos Trump capturó a Maduro? Hay al menos dos hipótesis al respecto. Ezra Klein, uno de los creadores de Vox, sugiere que la tan cinematográfica captura, en realidad, fue una estrategia de Trump para exhibir su poderío en la región, exigir obediencia y poner en práctica la famosa doctrina Donroe ⎯una estrategia que parece estar surtiendo efecto con mandatarios que ya dieron muestra de obediencia como Petro, Sheinbaum y ni hablar de Delcy Rodríguez. Otros sugieren que encarcelar a Maduro fue parte de los compromisos que hizo Trump con congresistas republicanos que simpatizan con Rubio, a cambio de que estos apoyaran el One, Big, Beautiful Bill el año pasado, con el cual el gobierno recortó impuestos a los más ricos y servicios sociales a los más pobres.
Sea como fuere, es muy posible que lo que parece ser una muestra de cínica sinceridad por parte de Trump sea tan solo un juego retórico. No olvidemos que se trata del rey del espectáculo.
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