Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Fue el sociólogo Erving Goffman quien nos enseñó que la vida es más parecida al teatro de lo que parece. A diario, como los actores, acudimos a todo tipo de marañas para manejar la impresión que damos a los demás de nosotros. Y en lo que a marañas teatrales respecta, entre los políticos colombianos, pocos han dominado ese esquivo arte como el expresidente Álvaro Uribe.
Desde Laureano Gómez, no había existido en el país un ícono capaz de encarnar con tanta contundencia los dogmas de la derecha reaccionaria. Con todo y eso, Uribe se las ha ingeniado, una y otra vez, para disfrazarse ante el público de centrista liberal defensor de la institucionalidad, a la vez que, detrás del telón, ha puesto en marcha la agenda ultraconservadora con la que realmente comulga. No es en vano que su partido, el más derechista del espectro ideológico, se llame Centro Democrático. Tampoco es en vano que siempre haya apostado por los candidatos más aptos para montar un teatro de la moderación. Mientras tanto, ha sabido mantener a los más gritones fuera de los reflectores.
Este año, tras un aparentemente amañado casting, ha sido seleccionada para el rol de moderada Paloma Valencia ⎯era una de las gritonas, pero se reinventó cuando reinventarse se puso de moda⎯. Pero basta con un breve repaso por algunas de sus ideas para poner en evidencia que el rol de moderada no es más que una puesta en escena para satisfacer al público.
Para empezar, la férrea oposición que Paloma fijó ante la adopción igualitaria da fe no solo de su tozudo conservatismo sino, sobre todo, de que, para ella, hay ciudadanos que tienen más derechos que otros. Además, al insistir hasta el cansancio en el oxidado dogma de la familia, estructurada alrededor de la procreación, Paloma da a entender que, a su juicio, el criterio principal para organizar las sociedades es la tradición. Y una sociedad estructurada alrededor de la tradición⎯según dicta el credo conservador⎯necesariamente va en detrimento de la libertad. Por eso, la derecha tiene rabo de paja al pretender apropiarse del concepto de la libertad.
Lo anterior, además, devela una profunda contradicción que impera en las posturas de Paloma. Reiteradamente invoca el fantasma de la ideología de género⎯un fantasma vengativo como el del padre de Hamlet⎯alegando que el estado no puede metérsele en la casa a las familias. Pero al oponerse al aborto, al libre consumo de marihuana recreativa y a la organización social más allá del tiránico concepto de familia, Paloma deja constancia de que en estos casos sí le parece legítimo que el estado se nos meta a la casa. Palabras más, palabras menos, Paloma defiende un modelo de sociedad en el que, para el estado, es legítimo restringir la libertad siempre y cuando sea en nombre de las tradiciones. Vaya moderada.
Para colmo, Paloma ha demostrado con su aversión a la reforma agraria que se rehúsa a reconocer la más que diagnosticada causa principal del conflicto armado colombiano: la distribución de la tierra. En ese sentido, se suma a un linaje de quienes han privilegiado la concentración de la tierra por encima de la justicia social agraria, que incluye a personajes como Laureano Gómez, Misael Pastrana con su Pacto de Chicoral y, por supuesto, Álvaro Uribe. Para rematar, Paloma no rebaja a su principal contendor, Iván Cepeda, de asesino y cómplice con la criminalidad solo por ser de izquierda. En ese sentido, Paloma es una macartista de tiempos de Guerra Fría que criminaliza la verdadera discrepancia ideológica. Vaya demócrata.
Para rematar, su empeño en negar la existencia del conflicto armado en Colombia no es más que un intento por venderle a la opinión pública una de las tan recicladas historias maniqueas de héroes y villanos, que son tan efectivas para ganar votos como para perpetuar ciclos de violencia. Por eso, aunque tiene tintes de comedia romántica, este espectáculo es, en realidad, una tragedia.
