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¿Por qué añoramos tanto a los “outsiders”?

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Santiago Vargas Acebedo
01 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
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Hay una paradoja que socava los cimientos de las democracias modernas. ¿De qué paradoja se trata y qué tiene que ver con los outsiders? Ya les explicaré, queridos lectores. Todo a su debido tiempo.

La paradoja en cuestión surge con la llegada de eso que llamamos Modernidad, el capítulo de la historia humana que toma forma en el siglo XVIII y se extiende hasta nuestros días. La Modernidad es un tipo de civilización constituida por una serie de sistemas: el capitalismo como sistema económico, la democracia como sistema político predominante (aunque más de la mitad del mundo viva en regímenes autoritarios), la globalización como sistema de intercambio cultural, la fe en la ciencia y la razón como sistema de valores y el Estado-nación, en lugar de los imperios, como unidad básica del sistema geopolítico. Según Baudrillard, la Modernidad también se caracteriza por haber convertido al progreso en la fuerza motriz de la sociedad. Mejor dicho, si en las sociedades premodernas (con la advertencia que toda generalización conlleva) predominaba un cierto apego a la estabilidad y hasta un temor al cambio, la Modernidad invirtió por completo esta lógica: nuestro miedo colectivo más profundo ya no es el cambio sino, al contrario, el estancamiento, la inercia. Fue así, dice Baudrillard, que, en la Modernidad, convertimos al cambio en un anhelo colectivo, en un fin en sí mismo, en un mito, en un fetiche.

Por eso, hoy, en el arte, en el entretenimiento, en la publicidad, en la política y hasta entre sábanas, quien formule la promesa de cambio más convincente tiene comprado el corazón de las masas. No en vano, en materia política, todas las campañas prácticamente se reducen al mismo mensaje: “cambio vs más de lo mismo” (un eslogan que puso de moda Bill Clinton en el 92). Esto explica porque, en nuestros tiempos, el candidato que logre convencer al electorado de que representa cambio y sus adversarios “más de lo mismo” ⎯es decir, el establecimiento⎯ suele contar con el respaldo de la mayoría.

Y, en el teatro de la política, si hay un rol que los outsiders, con la máscara del antiestablecimiento, suelen actuar con facilidad es precisamente el de representantes del cambio. Peor aún es que para que este rol surta efecto ni siquiera tiene que ser cierto. Para ganar elecciones, basta con que los outsiders se vean como cambio y suenen como cambio. A la larga, como dice Hannah Arendt, en la política tiene peso no lo que sea verdad, sino lo que la mayoría de las personas crean que es verdad. De manera que es justamente por haber convertido al cambio en un fetiche comunal que en las sociedades modernas aprendimos a adorar a los outsiders.

Pero eso no es todo. Vaya uno a saber si fue pura casualidad o autosabotaje, pero en el mismo siglo en el que empezamos a rendirle culto al cambio, nos inventamos los sistemas de frenos y contrapesos, inspirados en Locke y Montesquieu, para ponerle límites al uso arbitrario del poder. En pocas palabras, al tiempo que aprendimos a anhelar cambio, nos inventamos las herramientas para limitarlo. De ahí que, en campaña, los políticos tengan que formular las promesas más audaces de cambio para satisfacer la codiciosa demanda del electorado, para luego encontrarse, por fortuna, con un sistema de pesos y contrapesos que las hace, al menos parcialmente, irrealizables. Con el tiempo, cada promesa incumplida se transforma en una desilusión con el sistema vigente, permitiendo a los outsiders acumular aún más capital político. Por eso, la primera consecuencia de esta paradoja democrática es la desilusión perpetua de los ciudadanos (seres que se parecen mucho a los amantes celosos).

La solución, por supuesto, no es deshacernos del sistema de frenos y contrapesos que mantiene en pie el Estado-nación, sino moderar nuestros anhelos de cambio y aceptar que, en democracia, solo son parcialmente posibles. A la larga, la democracia es el arte de la desilusión.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

X: @svargas_acebedo

Santiago Vargas Acebedo

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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