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“La Revolución Francesa es el paso más grande dado por el género humano desde el advenimiento de Cristo”, le dice un diputado a un obispo en un pasaje de Los Miserables de Víctor Hugo. Y no es para menos: la grandeza de la Revolución Francesa consiste en haber puesto en marcha las doctrinas de la Ilustración, quizás el movimiento intelectual que más progreso social ha propiciado en la historia moderna (aunque vale la pena aclarar que no está exenta de pecado, sobre todo por sus desmanes colonialistas).
Antes de la Ilustración (con las salvedades propias de toda generalización), la pauta rectora según la cual se ordenaban las sociedades humanas era la tradición. Era, por ejemplo, para inscribirse en una tradición que los seres humanos adoptaban roles de género, elegían a qué Dios rendir pleitesía, establecían regímenes morales y diseñaban sistemas de gobierno, como la monarquía, y económicos, como el feudalismo. Mejor dicho, la tradición operaba esencialmente como una forma de autoridad. Tanto así que comportamientos sexuales fueron declarados aberrantes solo por desviarse de lo que dictaba la tradición. De manera que el culto a la tradición entraba inevitablemente en conflicto con el principio de libertad.
A finales del siglo XVII, la Ilustración se gestó, en gran parte, para resolver este conflicto. De hecho, uno de los postulados centrales que inspiró a las principales voces de la Ilustración fue precisamente la intención de reemplazar a la tradición por la razón y la libertad, como nuevos parámetros para organizar sociedades. Esta transición también significó el desplazamiento de la fe al ámbito privado, despojándola de su capacidad para servir como criterio al diseñar un orden político. Al fin y al cabo, entre la fe y la razón existe, desde los albores del tiempo, un conflicto irreconciliable.
Si bien es cierto que el proyecto de la Ilustración sigue inconcluso, el simple viraje de la tradición a la razón y la libertad como nuevos cimientos de las sociedades sentó las bases para el nacimiento de las democracias liberales, propició la libertad de culto, abrió el camino para la prohibición de la esclavitud y sirvió de justificación en la lucha por los derechos civiles de las mujeres y las minorías sexuales y raciales.
Desde entonces, el proyecto emancipador de la Ilustración se ha topado con resistencias desde múltiples frentes. Hoy, en el terreno político, el movimiento evangélico es quien lidera la resistencia. Antes de los años 70, el movimiento evangélico no era una fuerza política organizada. Pero la revolución cultural de los 60, el oportunismo político de Ronald Reagan, Roe v Wade y otros fenómenos parecen haber radicalizado al movimiento hacia la extrema derecha, motivándolos a asumir como objetivo reversar muchos de los derechos que conseguimos gracias a la Ilustración. En Colombia, la cruzada del movimiento evangélico nunca había tenido un respaldo tan significativo como el que ha recibido por parte del presidente electo, Abelardo de la Espriella, quien les encomendó nada más y nada menos que la reconstrucción moral de la patria.
En la práctica, esto significa socavar las principales conquistas de la Ilustración, reinsertando la fe en la política e insistiendo en el retorno de la tradición, por encima de la razón y la libertad, como pilar fundacional de la sociedad colombiana. Peor aún, supone colgar el rótulo de “perversión” sobre las prácticas que se distancian de lo que ellos entienden como tradición. Ya el nuevo canciller se ha referido a nosotros, los homosexuales, como “una perversión de género”.
No está de más aclarar que la reconstrucción moral de la patria que promete el movimiento evangélico y el laicismo no son meramente dos opiniones políticas contrarias con la misma legitimidad. La segunda promete libertad de culto; la primera impone una vertiente de la fe como verdad (traicionando así el principio democrático de la división entre la fe y la razón). Por eso, la segunda tiene legitimidad constitucional y democrática; la primera, todo lo contrario.
