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Senador Cepeda, el electorado exige una alternativa a la Paz total

Santiago Vargas Acebedo

27 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.


Hace seis meses, cuando todo parecía indicar que las banderas del oficialismo las llevaría Daniel Quintero o alguien semejante, tenía descartado votar por el candidato del gobierno. Pero cuando la izquierda quedó en manos de Iván Cepeda, sentí una bocanada de aire fresco. Cepeda tiene muchas de las características que llevamos años exigiéndoles a los políticos. En tiempos del apogeo de los outsiders, Cepeda ha recorrido paso a paso el trayecto arduo de la carrera política. En tiempos en los que la cultura del entretenimiento ha tomado como rehén al debate público, Cepeda se vale de la deliberación racional como principio rector del ejercicio del poder, tal y como reclamaba Habermas. En tiempos en los que la verdad parece poco más que un estorbo, Cepeda ha demostrado un férreo compromiso con llevar a la esfera pública la verdad acerca del conflicto armado. Pero, sobre todo, no se da un instante de tregua a la hora de garantizarle a las víctimas un rol protagónico en la narración de la verdad, esas verdades no oficiales que tanto defendía Foucault. Para colmo, Cepeda fue formado en las canteras de Carlos Gaviria, el candidato más desaprovechado por los colombianos desde Gabriel Turbay.

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Por eso, en las próximas elecciones voy a votar por Iván Cepeda. Pero votar por alguien no significa –faltaba más– apoyarlo sin reservas ni renunciar a la libertad de someterlo a escrutinio público. La democracia representativa solo tiene sentido si los ciudadanos somos capaces de ejercer control político sobre los mismos representantes que elegimos.

Pues bien, hay un componente del proyecto político de Cepeda que hoy merece control político: la Paz total. Es cierto que culpar exclusivamente a la Paz total de la actual crisis de seguridad es poco más que un mal chiste. La seguridad, como ya está más que diagnosticado, empezó a deteriorarse en el 2018 con el auge de las bandas criminales transnacionales, cuya influencia se expandió por los territorios que dejaron las extintas FARC. Pero también es innegable que la Paz total aceleró exponencialmente el control de los grupos armados sobre el territorio.

Comparto el diagnóstico inicial de la Paz total: cada vez que firmamos un acuerdo con un actor armado, los territorios son copados por los que permanecen activos, reproduciendo así la violencia. De manera que el pecado de la Paz total no es ⎯como el de la humanidad⎯ un pecado original. El error fue, más bien, haber firmado ceses al fuego prematuros por el afán del presidente de mostrar resultados. Es decir, el pecado fue el afán que trae consigo la vanidad. Por eso, el problema nunca fue dialogar con múltiples actores armados a la vez. De hecho, es prudente mantener un canal abierto con los grupos armados, por atroces que sean los crímenes que cometan, siempre y cuando estemos combatiéndolos a la misma vez.

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Por lo anterior, el senador Cepeda tiene la responsabilidad de presentarnos una alternativa factible a la Paz total, que parta de un diagnóstico acerca de lo que salió mal. El programa de gobierno que hizo público tiene una política de paz muy sólida y refleja un compromiso serio con afrontar las raíces sociales de la violencia. Pero le falta una política de seguridad.

Entiendo el miedo que, en la izquierda, genera la palabra seguridad. En su nombre, los estados se han convertido en aparatos de represión y control que han atentado contra la población civil. Por eso, quizás nos conviene dejar de entender la seguridad en términos de control coercitivo, como es común en la derecha, y concebirla, más bien, como el propósito de garantizar el monopolio de la fuerza en manos del Estado, en favor de la libertad de las personas más vulnerables asediadas por la violencia. Se trata de reemplazar el contrato social de Hobbes, según el cual renunciamos a nuestra libertad a cambio de protección, por el de Locke, en el que ciudadanos libres forman un Estado solo para proteger sus derechos.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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