No por casualidad, los debates políticos nacieron al mismo tiempo que la democracia: durante la Edad de Oro ateniense. A la larga, la democracia no es más que un sistema en el que los ciudadanos se gobiernan a sí mismos. Pero, para conciliar posturas, a los ciudadanos⎯discrepantes por su naturaleza babélica⎯no les queda más remedio que debatir. De ahí que el destino de la polis ateniense haya dependido ampliamente de lo persuasivos que resultaran los argumentos formulados en debates abiertos a todos los ciudadanos (una categoría que excluía a mujeres, esclavos y foráneos). Tanto así que los sofistas optaron por ganarse la vida enseñándole a los jóvenes aristócratas a adiestrar el arte de la persuasión.
Precisamente por eso, Platón arremetió contra los sofistas, acusándolos de habituar a los jóvenes atenienses a persuadir en lugar de a perseguir la verdad y la virtud. De hecho, en el Gorgias, Platón insiste en que existe un antagonismo irreconciliable entre el diálogo, el lenguaje óptimo para dar con verdades filosóficas, y la retórica, el lenguaje de los demagogos para convencer a las multitudes. Aristóteles fue mucho más cauto que su maestro a la hora de desechar la retórica. En su libro Retórica, Aristóteles no solo reconoce su legitimidad discursiva, sino que llega incluso a sistematizarla como método de persuasión. Más precisamente, plantea que existen tres modos principales de persuasión: ethos, pathos y logos. Ethos se refiere a la persuasión apelando al estatus del orador. Por ejemplo, invocar el estatus de experto de un orador suele ser motivo suficiente para convencer a la audiencia de sus afirmaciones. Pathos, por otro lado, alude a la persuasión a través de las emociones, como lo es acudir a la rabia, al miedo o a la compasión para convencer. Logos, por último, denota la persuasión por medio de la razón, es decir, valiéndose esencialmente de argumentos y evidencia.
Si bien Aristóteles no privilegia, al menos explícitamente, alguna de las tres, sí es cierto que la robustez de las democracias depende de que la razón (logos) funcione como mecanismo principal de persuasión. Fue Habermas quien nos enseñó, con su teoría de la acción comunicativa, que el ejercicio del poder democrático es legítimo solo si quienes están sujetos a él son capaces de aceptarlo a través de argumentos racionales que resultan de la deliberación pública. Es decir, la legitimidad de la democracia está condicionada a la comunicación racional entre ciudadanos.
Pues bien, si es que realmente pretendemos que, durante las temporadas electorales como en la que actualmente estamos inmersos, sea logos quien mande la parada en lugar de ethos o pathos, no nos queda más remedio que propiciar no menos sino muchos más debates entre candidatos. Más que una plataforma para exponer ideas, los debates son esencialmente espacios para que los candidatos impugnen las posturas ajenas y respondan a las objeciones de sus adversarios acerca de las propias. El propio Aristóteles insiste en que la solidez de las ideas está siempre atada a su capacidad de resistir a las réplicas.
Por todo lo anterior, senador Cepeda, me parece desafortunada su decisión de no asistir a debates en primera vuelta ⎯y lo digo como alguien que tiene pensado votar por usted. Poco me sorprendió cuando, en el pasado, candidatos como el expresidente Iván Duque o Rodolfo Hernández tomaron decisiones semejantes. Pero de usted, senador Cepeda, una persona que se ha caracterizado precisamente por la altura de los debates en el Congreso, esta decisión no solo me sorprende sino que me defrauda.
Cierro con algo que dice John Stuart Mill en Sobre la libertad: “Quien solo conoce su propia versión de este o aquel asunto, sabe poco de él. Sus razones pueden ser buenas, y puede que nadie haya sido capaz de refutarlas. Pero si es incapaz de refutar las razones del lado opuesto, si ni siquiera sabe cuáles son, no tiene fundamento para preferir una opinión sobre la otra...”
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