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¿Vivimos en un mundo cada vez más banal?

Hoy la palabra banal significa trivial o insustancial. Pero su historia es mucho más interesante de lo que su actual significado sugiere. En la Edad Media, la palabra ban se refería al poder de los señores feudales dentro de su territorio. Con el tiempo, banal se usó para designar las instalaciones de uso diario que el señor feudal ponía a disposición de la comunidad, como hornos, molinos y demás. De ahí que, con los años, el significado de banal haya paulatinamente mutado para referirse a lo que es de uso común, lo ordinario, lo rutinario; funcionando, a la vez, como antónimo de extraordinario, insólito y espectacular. Es parcialmente a este sentido de banal que se refiere Hannah Arendt con el concepto de la banalidad del mal. En líneas generales, para Arendt, las peores atrocidades son generalmente ejecutadas no por fanáticos ideólogos, sino por individuos ordinarios cumpliendo órdenes, quienes renuncian al pensamiento crítico, sumidos en la penumbra de la burocracia.

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De manera que, al menos si nos ceñimos al sentido clásico de la palabra, preguntarnos si vivimos en un mundo cada vez más banal significa preguntarnos si vivimos en un mundo cada vez más ordinario y cada vez menos espectacular. A primera vista, la respuesta parece ser a la vez afirmativa y negativa. Por un lado, el mundo es cada vez más banal en tanto que nuestras vidas están cada vez más sometidas al subyugante ritmo de la burocracia. La división del tiempo entre el trabajo y el ocio, la sumisión de nuestro sentido de vida a la tiranía de la eficiencia y la producción de identidades cada día más estandarizadas a escala global, a través de las cuales se desdibujan las diferencias entre culturas, son todos síntomas de un mundo cada vez menos extraordinario y, por ende, más banal.

Pero, por otro lado, la transformación de la política, de las noticias, de la identidad y de prácticamente todas las esferas de la vida en espectáculo parece hablarnos, al menos en apariencia, de un mundo menos banal. Sin embargo, esto no es más que un espejismo. A la larga, la transformación de todo en espectáculo no hace más que convertir al espectáculo en algo ordinario, rutinario y común; es decir, banal. Por eso, la metamorfosis de la vida en espectáculo literalmente se traduce en la banalización del espectáculo.

Aunque no es solo en el sentido clásico de la palabra que somos progresivamente más banales; también en el moderno; en el sentido de trivial o insustancial. Vivimos en un mundo cada vez más trivial porque la pérdida de profundidad es una de las inevitables consecuencias de la intensificación progresiva del ritmo y la velocidad, a manos de nuestro fetiche con la tecnología. Otro factor que contribuye a la creciente trivialidad de nuestros tiempos es el caudal de información que nos satura a diario. En palabras de T.S. Eliot: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?” Para colmo, nos enteramos de las peores tragedias de nuestros tiempos a través de fragmentos en redes sociales, intercalados con chistes, fotos y videos de vacaciones, anuncios comerciales, imágenes eróticas y demás ⎯la trivialización de la tragedia.

Peor aún es que nuestra condición de habitantes de eso que Guy Debord llama la sociedad del espectáculo hace que, en la contemporaneidad, las relaciones sociales pasen a estar mediadas primordialmente por imágenes. En consecuencia, tal y como lo sugiere Debord, la vida se ha vuelto indistinguible de las representaciones, aprendimos a relacionarnos con los demás en calidad de intérpretes y espectadores y logramos que el ser haya quedo sometido a la dictadura del parecer. Por eso, vivimos en un presente mucho más banal que el pasado pero⎯para cerrar con una nota de optimismo⎯probablemente mucho menos banal que el futuro.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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