En redes circula un lema con aire de teorema: “dato mata relato”. Suena bien. En teoría solo se necesita mostrar la gráfica correcta, citar la fuente adecuada y la mentira se desploma sola. Ojalá fuera tan fácil.
El dato suele llegar tarde. Pesa, exige contexto y obliga a prestar atención. En cambio, el relato llega primero, cabe en una frase, despierta una emoción y confirma lo que muchos ya querían creer. Usted publica una estadística impecable y casi nadie se detiene. Pero una consigna puede atravesar el país antes de que la verdad termine de cargar.
La izquierda colombiana entendió hace tiempo esa diferencia. No solo quiso ganar elecciones, también se apropió con éxito del diccionario. Se apropió de sustantivos nobles como la paz, el ambiente, los derechos humanos y la diversidad. Desde entonces, quien cuestiona una política concreta corre el riesgo de no parecer un crítico de sus resultados, sino un enemigo de la causa que invoca.
Se llaman ambientalistas mientras en Santurbán persisten la minería ilegal, la contaminación y años de incumplimientos en su delimitación. Se llaman pacifistas aunque la “Paz Total” haya coincidido con la expansión de organizaciones armadas y con un mayor control territorial de varias de ellas. Se presentan como representantes naturales de la población LGBTIQ+ aunque, según Caribe Afirmativo, durante 2025 una persona de esa comunidad fue asesinada cada 32 horas.
Pero hoy hay un ejemplo especialmente grave. Gustavo Petro comenzó a ambientar la tesis del fraude mucho antes de las elecciones. No necesitaba conocer el resultado: estaba preparando una explicación anticipada para una eventual derrota. Cuando perdió el candidato respaldado por el oficialismo, el libreto ya estaba escrito.
Desde entonces ha repetido acusaciones sobre el sistema electoral sin presentar evidencia pública capaz de invalidar la elección. Poco a poco, en algunos sectores de su base, la discusión deja de ser si existió el fraude y pasa a ser cómo se ejecutó. Esa es una de las victorias más peligrosas de la propaganda: conseguir que una afirmación deje de necesitar pruebas y que la ausencia de pruebas sea reinterpretada como evidencia de lo bien oculto que estuvo el complot.
La historia demuestra que ni siquiera la verdad más abrumadora se defiende sola. Cuando Eisenhower visitó el campo de concentración de Ohrdruf, no supuso que la evidencia del horror bastaría para siempre. Ordenó documentarla, convocó testigos y dejó constancia de lo visto porque anticipó que algún día alguien intentaría llamarlo “propaganda”.
El hombre que tenía delante todas las pruebas entendió que las pruebas podían ser negadas, deformadas u olvidadas. Hacían falta imágenes, memoria y narradores.
Ese es uno de los errores de la derecha colombiana. Cree que basta con tener los datos mientras cede el lenguaje, los símbolos y la emoción. Confunde el rigor con la frialdad y la comunicación con la manipulación. Termina entregando cifras correctas en formatos que nadie recuerda, mientras sus adversarios condensan explicaciones enteras en una palabra.
La tarea es contar los hechos de manera comprensible sin mutilarlos, convertirlos en imágenes sin falsificarlos, repetirlos sin transformarlos en dogma, y estar dispuesto a corregirse cuando la realidad también contradiga a los propios.
Porque la verdad no se comunica sola. Necesita una historia que la ordene, una imagen que la vuelva memorable y una voz que insista sin traicionarla.