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¿Por qué ganó De la Espriella?

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Santiago Vélez Posada
27 de junio de 2026 - 05:06 a. m.
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Abelardo de la Espriella no ganó una elección: ganó dos, con tres semanas de diferencia, y su mayor acierto fue escoger en cada una un enemigo distinto. La primera (que ganó con holgura) no la hizo contra Petro ni Cepeda, lo obvio, sino contra Uribe y Paloma. La segunda, que ganó por un margen mucho más estrecho, sí la volvió un plebiscito contra Petro.

Fue contraintuitivo, porque en vez de disparar contra el petrismo, entendió que su rival de primera vuelta estaba en su propia orilla. Para pasar a la segunda debía primero ganarle a la derecha. La política de hoy no premia el centro, sino los extremos, y Paloma lo ignoró: ganó la consulta y corrió al centro con Oviedo cuando hacía falta exactamente lo contrario. Diluyó su marca, perdió el mando y terminó con menos del 7 %. Abelardo hizo lo opuesto: se radicalizó, no subió a nadie a su tarima (“los nunca” contra “los de siempre”) y entendió que la política de 2026 se libra en el feed. Cepeda no hizo campaña y actuó como si ya hubiera ganado. El uribismo quedó en el pasado y nació el posuribismo.

La segunda vuelta sí fue un plebiscito puro contra Petro, a pesar de que quien aparecía en el tarjetón era Cepeda. Abelardo ganó porque el país le cobró cuatro años sin resultados. Pero estuvo cerca de perder por tres razones, cada una desde una Colombia distinta.

La primera fue legítima. Tras el golpe de la primera vuelta, Cepeda por fin hizo campaña: cambió la estética, sedujo al centro y entró a lo digital. Y se notó: el tracking de Atlas cerró de 15 puntos a 5, y Google Trends lo mostró cruzando por encima de Abelardo al final. Hubo entusiasmo real, negarlo sería deshonesto.

Pero no todo fue entusiasmo. En la Costa, la maquinaria oficial se la jugó a fondo y los compradores de votos hicieron lo suyo: ese voto no aparece en ninguna encuesta. Y más al sur, algo más grave. En zonas de grupos armados, Cepeda hasta quintuplicó su votación. El salto no prueba nada, pero sí lo hace el contrafactual de Andrei Roman, director de AtlasIntel: mientras la participación nacional subió 5,72 %, en Chocó, Nariño, Cauca y Putumayo subió el doble, y aparecieron 200 mesas con el 100 % para Cepeda, sin un solo voto nulo. El entusiasmo no mueve la abstención 20 puntos en una periferia armada en 15 días.

El llamado voto fusil no volteó la elección, pero sí estrechó el margen real del ganador. Denunciar la coacción sin decir que fue la única explicación es la única posición honesta. Al final, esas tres Colombias (la que se entusiasmó, la que se compró y la que se coaccionó) convergieron sobre un candidato y se quedaron a 250.000 votos. Ese es el país que deja un plebiscito: partido en dos, con la mayoría más grande y el piso más delgado de su historia. Queda por ver si Abelardo entendió que eso no es un cheque en blanco, sino una advertencia.

Santiago Vélez Posada

Por Santiago Vélez Posada

Abogado de la Universidad Externado de Colombia y empresario. Ha trabajado en temas de derecho, comercio internacional, emprendimiento y comunicación digital. Escribe sobre política, opinión pública y cultura. Vive en Medellín.
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